sábado, 22 de septiembre de 2018

El concepto de Pixar, la proyección de 'Inside Out' y el ingenio de Pete Docter

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Pixar ha sido un faro en el panorama del cine mundial durante los últimos veinte años, desde su celebrada primera entrega de Toy Story, que transformó por completo la animación. A pesar de muchos altibajos, siempre han mantenido unos estándares especiales de calidad, marcados profundamente por una habilidad excepcional para crear conexiones emocionales con un público masivo, diverso, que le ha otorgado éxitos constantes de crítica y taquilla, logrando crear verdaderos clásicos que han sobrepasado a la animación misma.
Una de las más recientes películas de los estudios Pixar se ha titulado como ‘Intensa-mente’ en Latinoamérica, con título original ‘Inside Out’. Después de no haber lanzado largometrajes en 2014, Pixar regresó con esta película dirigida por Pete Docter (Monsters Inc, Up), uno de sus grandes genios. Y el regreso fue apoteósico.

‘Inside Out’ es una película supremamente inteligente, vivaz, emotiva y original, en la cual se logra explicar algo muy complejo de una forma muy simple y didáctica, lo cual, de por sí, ya es un logro muy importante. Nos adentramos en el cerebro de la pequeña Riley y entonces podemos comprender desde un punto de vista particular cómo las emociones se integran a nuestra existencia y logran darnos lo que necesitamos en el momento preciso, especialmente cuando nuestro sistema de emociones está conectado armónicamente con nuestra vida.  Lo que sucede básicamente en ‘Intensa-mente’ no es un asunto tan simple, ni mucho menos común en una película que muchos considerarían de corte infantil. Es la exposición detallada, minuciosa e iluminada de una gran depresión, en la cual la furia, el temor y el desagrado quedan al mando, mientras que la tristeza y la alegría caen incluso hasta el subconsciente. Es una situación que está efectivamente al borde de convertirse en una tragedia, pero en Pixar nos lo muestran con una brillantez efervescente, que nos hace reír, llorar y emocionarnos como si fuéramos al parque de atracciones.

Pixar deslumbra con su dominio absoluto del cine. Desde el guión, hasta el montaje, da una cátedra, en la que demuestra claramente las inmensas posibilidades que existen para quien conoce y domina el lenguaje cinematográfico en su totalidad. Con ‘Inside Out’, nos entrega un manual de las posibilidades de entretenimiento, educación, cultura y ciencia que puede tener el séptimo arte, mucho más allá de lo que cualquiera podría normalmente lograr. Es supremamente acertada la característica simbólica de la película, ya que cada situación, cada acción que transcurre, tiene una doble lectura para el espectador atento, porque, al enseñarnos muy pedagógicamente los códigos del universo de la película (que son los mismos del cerebro, la mente, el pensamiento), podemos y debemos realizar la debida interpretación de todo lo que sucede. Así pues, nos damos cuenta de que el pensamiento no funciona con la ira, de que nuestras islas son las pasiones, de que la tristeza también tiene un papel fundamental en nuestra vida emocional y de que los sueños son los estudios cinematográficos de nuestra mente.

‘Intensa-mente’ es una película que perdurará y la reflexión que genera seguirá siendo larga y muy importante para cada uno de nosotros como seres de carne y hueso, con un cerebro que está siempre trabajando, aunque nosotros estemos durmiendo. Está maravillosa y genial película se convierte, sin ninguna duda, en uno de nuestros recuerdos permanentes… y quienes la hayan visto, sabrán de que estoy hablando.

sábado, 8 de septiembre de 2018

La oscuridad pedagógica de ‘Ana y Bruno’ y la introspección revelada de Carlos Carrera
























Carlos Carrera ha sido un cineasta particularmente destacado en el medio cinematográfico mexicano. Durante cerca de treinta años, ha logrado sacar adelante películas que han sido influyentes en el desarrollo del cine en este país. Películas como ‘La mujer de Benjamín’, ‘Sin remitente’, ‘Un embrujo’, ‘El crimen del Padre Amaro’ y ‘El traspatio’, son bien recordadas en el contexto de una cinematografía sin duda amplia y diversas. Por supuesto, una de las vertientes fundamentales en el trabajo de Carrera ha sido la animación, especialmente con su cortometraje ‘El héroe’, que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1994. Durante varios años, el director mexicano estuvo luchando por sacar adelante un proyecto de largometraje de animación, titulado ‘Ana y Bruno’, que felizmente ha podido ver la luz este año en las salas del país, después de superar innumerables obstáculos durante unos siete años. ‘Ana y Bruno’ cuenta la historia de la pequeña Ana (Galia Mayer), quien en medio de una época en México que ha sido retratada desde otras perspectivas, es llevada junto a su madre a un retiro junto al mar, en donde descubre seres fantásticos que gradualmente le van revelando una verdad que resulta ser una auténtica conmoción, pero que le impulsa a la aventura para rescatarse a su madre y a sí misma.

Carrera nos cuenta una historia poética que se va sumergiendo gradualmente en una oscuridad profunda que resulta por supuesto especial desde la mirada de una niña muy pequeña. Lo que surge como un entramado fantástico e incluso lleno de poesía, poco a poco va revelándose con una oscuridad intensa que al mismo tiempo resulta ser pedagógica para los más pequeños con respecto a temas especialmente trascendentes en el desarrollo del ser humano, que trastocan para siempre su sensibilidad frente al mundo, como lo son la muerte y la locura. La película tiene todos los elementos para una pieza de horror especialmente intensa, pero la adaptación que hace Flavio González Mello sobre la novela de Daniel Emil logra establecerse casi como un manual lúdico para tratar estos temas con los niños. Como lo mandan los cánones del thriller, los espectadores tienen un trabajo que hacer y, en este caso, los padres que visitan la sala con sus hijos pequeños tendrán que construir junto a él ese camino, mientras va tocando temas que resultan especialmente sensibles. Bruno (con la voz de Silverio Palacios) es el personaje encargado de catalizar los momentos más álgidos de la película para la emocionalidad de los pequeños, con un humor punzante, directo y que logra hacer que todo se normalice de forma especialmente sana, incluso la revelación de la muerte misma.

Nuevamente en ‘Ana y Bruno’, como en otras películas de Carlos Carrera, la introspección profunda de los personajes resulta abrirse paso de forma muy natural para presentarse como una reflexión muy tangible de la naturaleza humana. Al final de la película, logramos vislumbrar la situación verdadera que ha sucedido, la realidad de los acontecimientos que permanentemente hemos estado observando desde la perspectiva de la fantasía y por momentos del horror. Comprender finalmente ese camino transcurrido resulta especialmente conmovedor, como si nos dejaran una nueva revelación que nos asaltará emocionalmente después de terminada la historia. Ese ejercicio le da un gran valor a la película desde el punto de vista autoral puesto que habla muy bien de las capacidades del guionista y del director. La animación resulta ser suficientemente eficiente para retratar las conmociones de esta historia que a fin de cuentas es una radiografía del devenir propio de quienes descubren la crudeza de la verdad de la condición humana. El diseño de los personajes nos recuerda el sello gráfico de Carrera, el que vimos desde el héroe y el tema sabemos que siempre ha estado dentro de sus intereses. Esto nos dice claramente que estamos frente a un autor, con un estilo identificable, con un mundo particular. ‘Ana y Bruno’, en específico, resultará útil en la revisión de su filmografía y también para quienes tienen la tarea de ser padres, de quienes se enfrentan a la necesidad de acompañar a sus hijos en la revelación de la verdad.

sábado, 1 de septiembre de 2018

La poética existencial de Wim Wenders y la expansión anticlimática de ‘Submergence’

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Wim Wenders es una de las figuras emblemáticas del cine europeo durante la segunda mitad del siglo XX. Como parte del intenso y conmovedor Nuevo Cine Alemán, junto a otras figuras de ese país como Werner Herzog y Rainer Werner Fassbinder, entre otros, Wenders logró construir, especialmente en las tres últimas décadas del siglo, todo un imaginario para el cine independiente, siendo siempre de suma influencia para realizadores posteriores en todo el mundo, con películas como ‘Alicia en las ciudades’, ‘El miedo del portero ante el penalti’, ‘El amigo americano’, ‘Historias de Lisboa’, ‘Las alas del deseo’ y, por supuesto, la inolvidable ‘París Texas’. La década actual ha servido para volver a poner su nombre en las mejores consideraciones de la crítica, especialmente en el documental, con títulos como ‘Pina’, en 3D sobre la legendaria coreógrafa alemana Pina Baucsh y  ‘La sal de la tierra’, sobre el fotógrafo brasilero Sebastião Salgado. Su filmografía documental siempre ha sido especialmente interesante, pero nunca ha abandonado la ficción, aunque el éxito no ha sido el mismo, pero siempre abordando los temas derivados del paso del ser humano por la vida, de los encuentros con otros seres humanos, de las huellas propias de ese tránsito. Su más reciente película de ficción, se titula ‘Submergence’ y es una adaptación de la novela homónima del británico J.M. Ledgard. Cuenta la historia de James More (James McAvoy), un ingeniero hidráulico que es secuestrado por terroristas yihadistas en Somalia, y Danielle Flinders (Alicia Vikander), quien trabaja como biomatemática en un proyecto de inmersión en lo más profundo del océano. Un año antes tuvieron un encuentro amoroso que los flechó de por vida y los mantiene unidos, a pesar de que ninguno sabe nada del otro.

Wenders nos introduce en un asunto que evidentemente está en el fondo de las inquietudes que siempre ha tenido como artista, relacionados con el azar, con la existencia, con los encuentros que terminan transformándonos, y algo más reciente que tiene que ver con el paso del tiempo y con un interés casi biológico en la vida, con especial asombro, como lo retrató en ‘La sal de la tierra’, donde los mismos temas de esta película son tratados como documental y como mucho más acierto desde el punto de vista dramático. El guionista Eric Dingham no logra cohesionar con solidez el desarrollo del thriller geopolítico y ambiental con las disertaciones visuales de los personajes dentro de estos espacios cerrados y abiertos que sin duda los ponen en un debate existencial intenso. Wenders parece dedicarse de forma exclusiva a explorar sus inquietudes artísticas con respecto a estos temas y entonces podemos apreciar imágenes sin duda repletas de poesía, pero desvinculadas de una ficción sólida que las sostenga. Probablemente, si las intenciones originales de la película no fueran en la dirección del thriller romántico y político, tan convencionalmente, en la línea del cine estadounidense más comercial, hubiéramos tenido una película memorable donde Wenders hubiera tenido plena libertad para expresar la situación sin duda profunda que plantea la historia original. Tal vez algo similar a lo que desarrolla actualmente Malick y que llegó a su punto más alto con la emblemática ‘The tree of life’, tal vez la mejor película de la década. Las referencias de Malick, desde ‘Badlands’ hasta ‘The thin red line’, resultarían también ilustrativas de lo que se puede conseguir cuando se encuentran armónicamente la ficción y la poesía, como se pretendió en este película de Wenders.

Sin embargo, la película es aprovechable justamente para apreciar los intereses estéticos de Wenders, siempre en torno a temas que se expanden cada vez más desde la propia experiencia humana, sin perder ese centro, y ahora llegando a asuntos cada vez más globales e incluso existenciales, biológicos a gran escala. En ese contexto del análisis, cabe destacar el cuidadoso y sensible trabajo del cinefotógrafo Benoit Debie, de cabecera para Gaspar Noé, el trabajo del español Fernando Velázquez en la música. Lastimosamente, la película no estuvo abocada a la expresión, sino a un drama anticlimático.

viernes, 24 de agosto de 2018

La descompostura gradual de ‘Bad Samaritan’ y el control extraviado de Dean Devlin

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Los thrillers nunca pasan de moda y son sumamente eficientes cuando están bien diseñados, como un mecanismo especialmente filoso para cortar las emociones. Cabe destacar los acertados y disfrutables ejercicios que ha llevado a cabo Denis Villeneuve antes de abocarse con inmenso éxito a la combinación con la ciencia ficción, como ‘Incendies’ (2010), 'Prisoners' (2013), 'Enemy' (2013) y Sicario (2015).  Por supuesto, no hay que olvidar la deliciosa ‘Blue Ruin’ (2013), de Jeremy Saulnier. Sin embargo, cuando los thrillers no funcionan, el efecto es inverso, todo se transforma en una pesadilla muy diferente a lo que la ficción procura. Este es el caso de ‘Bad Samaritan’, la más reciente película de Dean Devlin, quien ha hecho el paso del guion a la dirección y resulta por lo tanto insólito el gran déficit dramático de esta película que fracasa como thriller, estrepitosamente. ‘Bad Samaritan’ cuenta la historia de Sean (Robert Sheehan), extranjero británico, quien junto a su amigo Derek (Carlito Olivero) de origen mexicano, roban aquí y allá para solventarse una vida lejos de un sistema que aborrecen sin mayor profundidad. En uno de los robos, trabajando en un valet parking, se encuentran con una sorpresa que pone en debate sus principios éticos y morales en el mundo del crímen, al menos inicialmente.

La película tiene un planteamiento más que interesante: el pequeño criminal que se encuentra de cara con el gran crimen y debe resolver casi por una necesidad urgente el debate ético y moral que lo sacude violentamente. Lastimosamente, todo se va diluyendo poco a poco en un mar de intrascendencia y efectismo que resulta aborrecible minuto a minuto. Se destaca la confrontación entre generaciones geek, entre el desquiciado Cale Erendreich (David Tennant, con un desempeño actoral espantoso) y el compungido Sean Falco, millennial de habilidades ya aprendidas cuyo celular es casi una extensión de sí mismo.  El planteamiento especialmente atractivo, con muchas posibilidades para construir un thriller especial, con aristas hasta filosóficas, resulta en una retahíla de carencias, de amagos, de torpezas dramáticas, de gratuidades, que caen como una plaga que termina haciendo pedazos cualquier intento por salir con decencia de la situación, opacando cualquier brillo. El mérito de ser entretenida no resulta suficiente para pagar la entrada. Los aciertos en la edición no resultan suficientes para rescatar de las aguas lo que se hunda en un mar de vergüenzas que terminan despertando carcajadas en lugar de nerviosismos. La fotografía resulta esmerada, incluso acogedora dentro del ambiente sombrío, pero parece solamente la antesala de un consultorio dental donde van a sacar las muelas, donde destruirán todas tus pretensiones de conseguir una sonrisa, al menos de satisfacción.

Devlin no puede articular la situación con fluidez, no puede conectar las piezas, tal vez porque inexplicablemente, con una extensa experiencia como guionista, no tuvo participación en el que apenas es su segundo largometraje como director. ¿Qué hubiera pasado si lo hubiera hecho? Al menos escribió el guion de la gringada generacional ‘Independe Day’ (1996). Tal vez para él fue una tortura tener que filmar este pésimo guion, culpa de Brandon Boyce, quien escribió ‘Venom’, de 2005 (con razón). Tal vez hubiéramos podido disfrutar de un desenlace que no terminara convirtiéndose en una parodia de la película misma. Resulta al mismo tiempo ejemplar para comprender por qué los guiones son fundamentales en la construcción de un thriller, en la elaboración de un crimen que debe ser desglosado, en la atadura armónica de los cabos, para que ninguno quede suelto. No se trata de perder la alegría por hacer una película, de no crear y recrear pretendiendo risas nerviosas. Se trata de mantener la alegría, pero en conjunto con el espectador. La idea es que se rían contigo, no de ti. La idea es que todos compartamos el placer de vivir las emociones. Devlin debería darle un vistazo a la exquisita ‘You were never really here’, de Lynne Ramsay, de este mismo año. Aún está a tiempo si no lo ha hecho. Es solo su segundo largometraje como director.

sábado, 18 de agosto de 2018

La tensión dramática de Ingmar Bergman y el mito espeluznante de ‘El manantial de la doncella’


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Durante los años cincuenta, Ingmar Bergman logró posicionarse como una de las presencias fundamentales en la cinematografía europea. En la segunda mitad de esa década transformadora, entregó obras fundamentales de su filmografía como ‘El séptimo sello’ y ‘Fresas salvajes’, que abrieron toda una nueva perspectiva en el mundo del cine, no solamente por los temas, sino por la mirada innovadora del cineasta sueco, a partir de un drama profundo y punzante en el medio cinematográfico más sensitivo posible. En 1960 su nombre empezó a hacerse realmente popular en Estados Unidos después de ganar el Óscar con ‘El manantial de la doncella’, basada en una leyenda medieval sueca, adaptada por la guionista Ulla Isaksson. Karin (Birgitta Pettersson), la joven hija de Kören (Max Von Sydow), un próspero cristiano, es designada para llevar velas a la virgen en la iglesia, lo cual representaba todo un honor. Es acompañada por Ingeri (Gunnel Lindblom) , la criada de la casa, quien secretamente adora al dios nórdico Odín. La doncella encuentra en el camino los peligros propios del contexto, en medio del bosque y de una época cruda y cruenta.

Uno de los orígenes más sólidos de Bergman es el teatro. Sus primeros ejercicios en la ficción fueron en este medio, en el cual consiguió dominar conceptos fundamentales que definirían gran parte de la especial singularidad de su cine, como la puesta en escena, la dirección de actores y por supuesto la interpretación de la dramaturgia pura. Además, Bergman fue el segundo hijo de una familia luterana donde el padre era pastor, así que los conceptos de pecado y redención, con todos sus matices y derivaciones, fueron siempre cercanos para él, siempre relacionados con su propia visión del mundo y de la existencia humana. En esta película, que marca propiamente la entrada a los años sesenta, una década prodigiosa en su filmografía, estos temas y esas herencias biográficas cobran una relevancia fundamental. Como espectadores, podemos comprender por fin lo que la cristiandad intentó decir durante siglos, con la vinculación que hace Bergman a la propia experiencia humana, al mundo de las relaciones, de los instintos, de las emociones puras, como el miedo, como el deseo, como las ansias en estado puro y violento. Max Von Sydow, quien ya había resultado estelar en las películas más notables de Bergman, vuelve aquí a convertirse en el sujeto de identificación del mismo Bergman con su película, en una interpretación que resulta subestimada con el paso del tiempo. También fue la segunda película con Sven Nykvist, el histórico fotógrafo que se convertiría en parte fundamental del círculo creativo del director. Los planos fijos, que caracterizaron el cine de Bergman por aquel entonces, se convierten aquí en auténticos testigos de la acción cinematográfica en medio del bosque. La destreza de Bergman para cotejar las emociones intensas y las acciones violentas resulta armónica con su propia visión de las pasiones humanas. Por supuesto, resulta también ilustrativo con respecto al origen de las religiones y las naciones, llenos de muerte, sangre y dolor insoportable.

Teniendo en cuenta el origen antiguo de la historia y que la película de Bergman se acerca a los sesenta años desde su lanzamiento, resulta impresionante la vigencia temática en el mundo actual. Resulta sobrecogedor como si Bergman nos hablara desde el pasado para comprender los riesgos que corremos en la actualidad, como si el registro de su perspectiva frente a un cuento tradicional y fundacional se haya convertido a su vez en la voz profética de este futuro. Aún hoy, después de tantos y tantos años, en los que las imágenes se han multiplicado frente a nuestros ojos y pasamos de escasas a cientos en tan poco tiempo, resulta sobrecogedora la tensión dramática que con maestría plasma Bergman en cada escena, con ese designio de la fatalidad que flota sobre todo el ambiente de la película, que por momentos nos acoge y siniestramente nos ronda, hasta que nos convierte en presas de una situación espeluznante, que a fin de cuentas termina siendo el verdadero origen de nuestras civilizaciones.

sábado, 11 de agosto de 2018

La observación social en ‘De mendigo a millonario’ y la visión neoyorquina de John Landis

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Durante los años ochenta, la comedia estadounidense tenía su centro en Nueva York, y desde el cine y la televisión aparecieron figuras que marcaron la década, con un humor inteligente y que simultáneamente tenía la capacidad de conectar con enormes masas de público. ‘Saturday Night Live’, el popular espacio televisivo de los sábados por la noche, surgido en los años setenta fue la escuela de muchos de ellos, quienes tuvieron su máximo esplendor en los ochenta. El stand up y los sketches del show televisivo formaron una serie de actores, presentadores, guionistas y comediantes de stand up que transformaron el negocio y el género hasta nuestros días. Dos de las grandes estrellas surgidas de ese show fueron Dan Aykroyd y Eddie Murphy, quienes brillaron en el cine. Se encontraron en el año 83 en la película ‘Trading Places’ (‘De mendigo a millonario’), dirigida por John Landis, otro formador de la memoria generacional de occidente por ese entonces, con cintas como ‘The Blues Brothers’, ‘An American Werewolf in London’ y el celebérrimo video de ‘Thriller’, de Michael Jackson, entre otras. Para Aykroyd, Murphy y Landis, una de las cimas de calidad en su carrera llegó cuando se encontraron en ‘Trading Places’, en 1983, película traducida como ‘De mendigo a millonario’, en Latinoamérica. La historia nos cuenta lo sucedido con Louis Winthorpe III (Dan Aykroyd) y Billy Ray Valentine, el primero es el acaudalado heredero de una millonaria empresa familiar y el segundo un pordiosero y vicioso hombre negro. Los hermanos Duke (Ralph Bellamy y Don Ameche), dueños de una firma multimillonaria, deciden apostar para demostrar si solamente es casualidad que alguien tenga éxito en la vida, así que, con varias artimañas, deciden intercambiar de escenario a los dos personajes. El resultado es una comedia desenfrenada que pone en relieve mucho del espíritu humano.

Landis utiliza un precioso collage de la Nueva York de aquel entonces, con las Bodas de Fígaro, para adentrarnos en la particularidad de estos dos personajes situados en los extremos de la brecha social. Tan solo esa apertura ya se convierte en todo un documento. Posteriormente, nos muestra con una visión mordaz los entornos llenos de defectos y vicios de cada una de estas clases, hasta que la historia empieza a desenvolverse con la apuesta de los dos hermanos y cada uno de estos personajes es llevado por el azar de una acción arrolladora, hasta que se encuentran en el escenario del otro, con la necesidad urgente de enfrentarse a la vida que se pone enfrente de ellos. Landis logra momentos de auténtica hilaridad con una perspectiva amplia y serena que nos permite disfrutar con tiempo y espacio de todo lo que vemos, del encuentro de dos realidades sociales. El trabajo en el guion, a cargo de unos jóvenes Timothy Harris y Herschel Weingrod (quienes se convertirían en una dupla especialmente exitosa para este género en el cine) resulta encajar perfectamente con la interpretación de Aykroyd y Murphy, siempre física y con una intención impecable en los parlamentos. Además, el casting se completa de forma extraordinaria, como pocas veces puede verse, con nombres como Jamie Lee Curtis, Denholm Elliot, Paul Gleason, en incluso apariciones de los históricos Frank Oz y Bo Diddley. Con la perspectiva del tiempo, la película resulta cada vez más sobresaliente, por convertirse en un testimonio útil en diferentes niveles. Es el testimonio audiovisual de una ciudad en una década específica de los años veinte, es una de las primeras películas especialmente destacadas que se dieron como consecuencia de una comedia en ebullición, surgida de la televisión. Es la perspectiva particular de una comedia aún conectada con la vieja tradición de la comedia norteamericana en el cine, como la de Frank Capra, Ernst Lubitsch y en algunos casos el mismo Howard Hawks. Este desenfreno situado en el interés por observar la sociedad neoyorquina termina siendo por su propia cuenta un buen estudio con respecto a lo que históricamente determinaba a una ciudad donde muchas de las grandes corporaciones de la actualidad estaban aún jóvenes o incluso recién nacidas. ‘Trading places’ sirve para ejemplificar la utilidad del cine.

sábado, 4 de agosto de 2018

El testimonio eufórico de The Beatles: Eight Days a Week - The Touring Years y la reconstrucción emocional de Ron Howard


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La cultura popular es la primera que marca nuestras vidas y no deja de hacerlo nunca. La música y el cine fueron los primeros medios por los cuales recibimos esa influencia. Por supuesto, la aparición de la música rock renovó el significado de ser joven y masificó notoriamente la exploración de diferentes espacios para el desarrollo individual de cada persona, especialmente en Occidente. The Beatles representó simultáneamente la consolidación del rock and roll estadounidense y abrió las puertas para la Invasión Inglesa, que terminaría transformando profundamente la cultura popular en este lado del mundo. Por supuesto, la trascendencia de los Beatles los ha llevado muchas veces al cine, a la exploración cinematográfica de un fenómeno simultáneamente trascendente en lo comercial y en lo artístico. Una de las entregas más interesantes alrededor del célebre Cuarteto de Liverpool en el mundo del cine estuvo a cargo del experimentado Ron Howard (ganador del Óscar en 2002 con ‘A Beatiful Mind’). Howard dirige ‘The Beatles: Eight Days A Week’, en donde reconstruye el impresionante fenómeno social que representaron The Beatles en los Estados Unidos a mediados de los años sesenta, desde su llegada en 1964 hasta su retiro de los conciertos en 1966. Con base en testimonios diversos, de diferentes fuentes, incluidos los archivos de los dos Beatles fallecidos, John Lennon y George Harrison, y de los sobrevivientes, Paul McCartney y Ringo Starr, además de muchos que vivieron de una forma u otra aquella época.

Howard aborda esta reconstrucción con la intención de reconstruir la auténtica magnitud de lo que representó la Beatlemania y en general la influencia de los Beatles en el mundo para ese entonces. La ausencia de precedentes para fenómenos de ese tipo en el momento, representó sin duda un reto para las instituciones, incluidas las políticas, las religiosas, las de gobierno y las sociales mismas. McCartney y Starr nos relatan, con la perspectiva que da la distancia en los años, una visión renovada de lo que ellos vivían interiormente, en medio de la euforia desbordada muchas veces hacia el caos. La película trata de hacer un recorrido cronológico con base en los exitosísimos álbumes que el grupo iba lanzando al mercado, batiendo todos los récords, y simultáneamente revisa miradas distintas, de expertos en música y humanidades, de artistas bien reconocidos en diversos medios y de periodistas. Todo esto funciona al mismo tiempo como retrato de unos años convulsionados en el mundo, llenos de discriminaciones, de violencia, de revoluciones, de dictaduras, como un planeta en formación, agitado, mientras ellos pasaban en medio de la locura, ciertamente vulnerables en diversos puntos, en Asia, en Europa, en los mismos Estados Unidos, en donde la lucha entre los activistas y los fundamentalistas estaba en plena ebullición. En este contexto, trascendieron a su propia música y se convirtieron en la identificación que millones de jóvenes buscaban después del desastre en la guerra, en la forma como podían construir relaciones entre sí mismos. Siempre con una respuesta oportuna, con una postura natural pero única y con música especialmente viva y revolucionaria en el arte mismo, los Beatles se convirtieron en un punto de encuentro, en la posibilidad para millones de adolescentes para sentirse parte de algo. Las imágenes de archivo resultan ser las más efectivas en el documental de Ron Howard para transmitir de forma eficiente la sensación de la historia misma sucediendo en ese punto. Un estadio inglés repleto de hombres cantando ‘She Loves You’, como si se tratara de un himno obrero, y por supuesto los mismos Beatles, en Washington, dándole la vuelta a la batería de Ringo Starr y llenando el aire con su energía descomunal, contagiosa. La experiencia humana poco a poco se fue sobrepasando a la banda, pero el impacto derribó sin duda una barrera que trajo los años finales de los años sesenta, donde también fueron claves. Resulta emocionante y asombroso reconocer la dimensión de lo sucedido.