jueves, 22 de octubre de 2026

El samurái esencial de ‘Samurái III: Duelo en la Isla de Ganryu’ y el dolor de la conciencia por Hiroshi Inagaki


Para cerrar su trilogía basada en el legendario Musashi Miyamoto, con la referencia principal de la novela de Eiji Yoshikawa, Hiroshi Inagaki cierra la transformación profunda y espiritual del guerrero con ‘Samurái III: Duelo en la Isla Ganryu’ (1956), en donde Musashi (Toshiro Mifune), transformado prácticamente en un campesino asceta, finalmente conquista dolorosamente el alma del samurái por medio de una experiencia profundamente dolorosa. El Shogun controla Japón y busca a Musashi para ser maestro de samuráis, pues bien saben que no hay ninguno mejor que él. Al mismo tiempo, es retado por Sasaki Kojiro (Koji Tsuruta), quien se ha formado como un guerrero protegido por el poder, paralelamente a Musashi. Ante estas circunstancias, Musashi rechaza la oferta del Shogun, pero acepta el duelo con Sasaki, exactamente un año después del reto. Su vida está concentrada en el cultivo de hortalizas a las afueras de la aldea, distante a la confrontación propia del samurái. Hasta esa vida los siguen Otsu (Kaoru Yachigusa) y Omitsu (Michiko Saga), las dos mujeres amadas en esta travesía, que han tenido que quedarse atrás en su vida, dejándole heridas bien abiertas. Pero la vida de Musashi está lejos de la realización y mucho menos de la plenitud. La conciencia y la sabiduría le traen un dolor profundo, al poder reconocer los estragos de la violencia. Comprende que el samurái no puede extralimitarse en su fuerza porque su poder no es solamente su salvación sino tal vez más aún su condena, pues puede matar de una forma tan letal que destroza la vida de cualquiera y, especialmente, la de quien mata. Inagaki cierra su trilogía en el amanecer. Con un espíritu de transición profundamente dolorosa. 


Después de haber comprendido por fin la enseñanza de su maestro, consistente en la carga inmensa y pesada de la violencia que se deriva de la fuerza misma que ha conquistado el samurái, Musashi prefiere dirigir su vida hacia una contemplación que lo mantiene conectado a la tierra. A una esencialidad de la vida que lo llevará a procesar el poder que su cuerpo y su mente han consolidado en su ser. Sin embargo, pareciera que su habilidad compromete su destino con la violencia, irremediablemente, como si su fuerza lo comprometiera necesariamente con la guerra. Inagaki construye aquí una épica muy diferente y de cierta forma distante a una tradición mayoritaria. Aquí se trata de un héroe que se ve forzado a salvar. A evitar la muerte. Siempre en la contención de su propia fuerza que fácilmente puede ser letal. Aquí muy particularmente, Inagaki puede capturar con gran maestría el contexto, con una cámara especialmente sensible en la mirada, que tiene la capacidad de comprender la tensión violenta que constantemente retrotrae a Misashi de su búsqueda de la paz. Simplemente porque su ética no le permite permitir que la injusticia se convierta en muerte. En esa tarea, es fundamental el trabajo especialmente solvente de Toshiro Mifune, quien registra aquí a un samurái muy diferente a otros que haya interpretado, porque este se fundamenta en la contención en cuanto a lo físico y a una conciencia especialmente dolorosa en cuanto a lo espiritual. Para Inagaki, parece un paisaje más. Es como si se tratara de algo que debe emerger gradualmente. Hasta que al final, al mismo tiempo que nace un nuevo día y una vida termina, surge el dolor que humaniza por completo a Musashi, que finalmente lo encamina por el mar a seguir con su vida con la conciencia dolorosa de ser capaz de matar. 


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