Pasolini cerró su trilogía de la vida con su adaptación de ‘Las mil y una noches’ (1974), abarcando de esta forma todo un compendio esencial de la literatura en el cine, después de ‘El Decamerón’ (1971) y ‘Los cuentos de Canterbury’ (1972). En la estructura antológica, Pasolini se encontró con todo un mapa para trazar sus reflexiones sobre la cultura de forma extendida, atravesando tiempos y culturas, para concentrarse en una condición humana superviviente durante muchos siglos, que para el cineasta italiano estaba en riesgo con el auge del capitalismo a inicios de los años setenta. En la adaptación de ‘Las mil y una noches’, la mítica obra que concentra el pensamiento árabe, persa y de todo Medio Oriente y el Norte de África, Pasolini vuelve a seleccionar sus pasajes predilectos con la intención de unificarlos al criterio de las dos películas anteriores, para convertirlos en modelo de un mundo factible que parece haber sido olvidado. En este caso, se remonta a una ritualidad constante que involucra procesos profundos relacionados a los vínculos sexuales. A las ceremonias que abren las puertas de una felicidad que parecía apenas habitar en los pasajes de cada casa y en los paisajes atravesados por la luz y la oscuridad.
Aquí Pasolini se concentra en la historia de amor desesperada e indestructible entre la esclava Zumurrud (Inés Pellegrini) y el joven Nur-Ed-Din (Franco Merli). A Zumurrud se le brinda la potestad de elegir a su nuevo amo mientras es vendida en el mercado y ella, después de despreciar a los más viejos, elige a Nur-Ed-Din, con quien va a su casa y lo inicia en el amor. Entonces, a diferencia de las dos antologías anteriores, aquí la narración se detona en la tranquilidad profunda después del acto sexual pues Zumurrud le cuenta una historia Nur-Ed-Din, antes de entregarse a un sueño reparador. Pero al despertar vuelven a la vida cotidiana y entonces se da la separación violenta cuando Nur-Ed-Din es drogado y Zumurrud es raptada. Ahí es donde realmente empieza no solamente la prueba misma del vínculo profundo, sino que empieza una búsqueda intensa que será el verdadero canal mediante el cual se contará la historia en este caso. La búsqueda angustiosa de Nur-Ed-Din permite que Pasolini explore todo un mundo y pueda nuevamente diseccionar las formas sociales armónicas que lo regían. Ahí está entonces se genera un entramado de muerte y amor, entre las cortes y los salones, en la necesidad de reajustar constantemente un caos para encontrar la paz, la plenitud. También intercede la música, la poesía y todas las artes como si fueran parte de un fondo necesario para la trascendencia. Se trata de un mundo en el que todo transita de forma ritual pero también en una naturalidad que poco a poco se hace más difícil de comprender por un espectador contemporáneo. Pasolini plantea la aventura como el sustrato mismo de la redención y de la consagración del amor. Así es como todo está lleno de rituales, de tiempo, de encuentros sexuales que parecen fundamentalmente eventos místicos de trascendencia que son capaces de encauzar el mundo. Las historias se superponen y entonces también se configura una red de relatos que hablan de la oralidad, de las raíces que han crecido para darle un soporte natural a toda la humanidad con base en la memoria.
La trilogía de la vida de Pasolini no se limita entonces solamente a la adaptación libre de obras esenciales de la literatura. Se trata de toda una tesis sobre la sociedad, sobre la forma de vivir, sobre estructuras orgánicas y armoniosas que fueron posibles y de las cuales dan cuenta los libros como testimonio. Se trata de instalar nuevamente al ser humano en el mundo.