Más de treinta años después de la segunda entrega de su trilogía de ‘Un hombre y una mujer’, Claude Lelouch cerró la saga con ‘Los años más bellos de una vida’ (2019), en donde trajo de vuelta a Jean-Louis Trintignant y a Anouk Aimèe para que, en la última o una de las últimas películas de su filmografía, encarnaran a Jean-Louis y a Anne, la pareja inmortal cuyo recuerdo mutuo cruzó las décadas sin que el amor se extinguiera nunca en el fondo de sus almas. El hijo de Jean-Louis fue a buscar a Anne para pedirle que regresara a ver a su padre, recluido en un asilo y ya limitado física y mentalmente, antes de que su vida se terminara. Anne accede aun con la sensibilidad profunda de un amor interminable para confrontarse con un hombre que ha sido parte de su vida siempre a pesar de que en los hechos los encuentros fueron en realidad fugaces, como se registra en las dos películas anteriores. Lelouch, sobre las espaldas cansadas de la nostalgia y la melancolía, en los terrenos de la vejez, vuelve la vista a su vida, a la vida, al pasado, al cine mismo.
Ahora la mirada entre Jean-Louis y Anne es otra. Es la mirada de otro amor. Uno que es tan nuevo como antiguo. Una mirada que no necesita reconciliarse porque nunca se ha distanciado. Una mirada que reconoce un recuerdo imborrable en medio de una memoria cada vez más diluida. Y otra vez, Jean-Louis quiere escapar. Quiere subir de nuevo al automóvil, como en una escapada de Godard, para volver a ser libre, junto al amor de su vida. Como es constante en la trilogía, pero ahora más que nunca, Lelouch viaja por diferentes estados de percepción, sumergiéndonos hermosamente en la memoria, la fascinación y la ensoñación disruptiva de sus personajes, especialmente de Jean-Louis (con un Trintignant irresistible), que quiere asaltar las licorerías y que Anne asesine a los policías de tránsito que los detienen por circular demasiado lento en la carretera. Vuelven igual los días alucinantes y que inundan de lágrimas los ojos cuando en los sesenta en la juventud se amaban, se abrazaban, se recogían de los restos todavía dolidos de unos viudos demasiado jóvenes para ser viudos. Con la visión de esa playa transformada en escenario trascendente, místico, espiritual, persiguiendo a los hijos, al perro, deambulando en las horas previas al atardecer.
Lelouch no solo traza una trilogía sino la historia del amor que es su propia historia, y también la de Jean-Louis y la de Anne, y la de Trintignant y la de Aimèe, y la de la la Nueva Ola Francesa y la del cine francés, y la del amor romántico, y también el de la compañía y el de lo imperecedero. Del amor que no necesita tiempo, que nunca lo necesitó, porque la intensidad fue la suficiente para marcarse de forme indeleble. Es un amor que no se extingue. Una emoción que no pasa jamás. Es una conquista absoluta del cine. Extensiva. Es una emoción que se puede sublimar en la capacidad de representar sentimientos transgeneracionales, que no se van a agotar nunca. Si es capaz de representar eso es capaz de representarlo todo. También, en lo específico, es una conquista de la trilogía, del tríptico en el cine, porque puede abarcar una historia que evidentemente necesita mucho más que una película, pero que puede caber sin duda alguna en el cine, y entonces resulta que todo cabe en el arte que conjuga el tiempo, el espacio y el movimiento.