Después de la huida, Miyamoto Musashi (Toshiro Mifune) ha emprendido un viaje intenso para convertirse en un verdadero samurái. En uno consumado. En aquel que ha comprendido a fondo su existencia. Que ha integrado en su alma su verdad como ser humano y como guerrero. Hiroshi Inagaki continúa ‘Samurái II: Duelo en el templo Ichijoi’ (1955), la adaptación cinematográfica de ‘Musashi’, la novela de Eiji Yoshikawa, basada en el verdadero e histórico Miyamoto Musashi. Después de la agitación intensa tras el final de la guerra, en la huida por la supervivencia, Musashi se concentra en consolidarse como un auténtico samurái. No solamente por lo que implica en términos sociales, sino por lo que implica en términos espirituales. Por una estabilidad intensa. Sin embargo, no se puede olvidar el amor que se ha quedado atrás, el de Musashi por Akemi (Mariko Okada), que ha conseguido florecer en medio de las adversidades profundas de unas circunstancias críticas. Inagaki aquí mantiene el tono de un cine más formalista, pero gradualmente va permitiendo que todo se interiorice mucho más, desde la percepción misma de Musashi, quien constantemente se conmociona profundamente por las palabras y las imágenes que resuenan en su memoria, entre el amor y el espíritu. Con una contemplación que gradualmente se va extendiendo por sus propios adentros, al interior de un cuerpo que físicamente se ha hecho considerablemente invencible, pero que no consigue la aprobación definitiva de su maestro porque no encuentra la sabiduría que debe dominar a la fuerza bruta. Aquella sabiduría que controle sus acciones, al comprender que el honor es la máxima conquista, no solamente para un samurái, sino para un ser humano que pretende ser justo en el mundo real.
Inagaki se concentra mucho más ahora en el viejo conocido Takezo, cada vez más transformado en el legendario Miyamoto Musashi, un samurái de leyenda. Si en la primera entrega de la trilogía se hace un enfoque especial en el origen, en la prehistoria de la figura mítica del héroe, en ‘Duelo en el templo Ichijoi’ la confrontación más intensa es la que sucede en las entrañas de Takezo, quien tiene que controlar su propia brutalidad física para imponer su sabiduría, que es el camino directo hacia la consagración real de un guerrero. Así es como, constantemente, en una estructura cíclica y armónica, nos presenta muy frecuentemente a Musashi en la confrontación del duelo, mientras que simultáneamente sus enemigos en el escenario dramático también se van fortaleciendo, y al mismo tiempo están vinculados con Akemi, que representa muy sólidamente el amor mismo para Musashi. Es decir, que parte de la templanza que le reclaman al héroe sus maestros implica también la contención de un amor intenso que también se mueve al interior de su propia sensibilidad. Tiene que ejercer un dominio completo de sus propias emociones para poder consolidarse como un guerrero íntegro. Inagaki atraviesa en el intermedio de la trilogía la clásica transformación del héroe, que muy bien especificó Campbell en su célebre ‘El héroe de las mil caras’, aquel texto esencial sobre el viaje del héroe que unifica los rasgos comunes entre los héroes de tradiciones mitológicas de todo el mundo. En el caso de Miyamoto Musashi, esto conecta de forma muy particular también con una característica esencial de las artes marciales que representan una integración completa entre la fortaleza y la destreza físicas, corporales, y una realización plena sobre los impulsos, que además protegen de forma muy específica el honor, que es el valor más preciado. Con ese dominio, Musashi emprende el tramo final de una jornada completa de transformación.
