Probablemente no exista una película en la que brille más intensamente la dupla entre John Cassavetes y Gena Rowlands que ‘Love Streams’ (1984), que a su vez es la que podría considerarse la última película verdaderamente autoral de Cassavetes, antes de fallecer unos cuantos años después. Después de marcar a fuego los años setenta con el cine independiente más vibrante de la segunda mitad del siglo XX, Cassavetes y Rowlands se encontraban no solamente como director y actriz, sino ambos como actores. ‘Love Streams’ relata el reencuentro de dos hermanos atormentados y arrasados por la sociedad, Sarah (Rowlands) y Robert (Cassavetes). Sarah, con síntomas de una bipolaridad crónica, acaba de perder la custodia de su única hija, precisamente por sus circunstancias psiquiátricas, mientras que Robert, un escritor solitario, alcohólico y mujeriego, se enfrenta a la llegada intempestiva de su único hijo, un niño al que tendrá que cuidar en medio de las turbulencias de su vida. Cuando sumidos en la crisis más profunda, en el fondo del abismo los hermanos se encuentran, el amor va a ser el único que soporte las inclemencias de todo el odio que pesa o puede pesar sobre ellos.
El mundo que elabora Cassavetes es uno en el cual flotan a la deriva dos almas tan rotas como perdidas. Dos que tienen que encontrarse para volver a resguardarse en los brazos familiares. Los brazos más amorosos que existen para cada uno de ellos en el mundo, y de los cuales llevan un largo tiempo indeterminado estando distanciados. Sarah hace intentos sobrehumanos por resistir el embate psicológico que representa la pérdida de la custodia de su hija, y apenas naufraga en medio del mundo. Se derrumba sin poder soportar la puesta en escena. Sin poder soportar más lo que implica acogerse al mundo. Mientras tanto, poco a poco se va revelando la profunda melancolía que reside en el comportamiento errático y los vicios de Robert, quien se rodea de quien sea solo para no dejarse consumir por su esencia solitaria, en medio de su casa inmensa y oscura. Cuando llega su hijo, no tiene en las entrañas los afectos limpios y bien presentados que se requieren para cuidar, sino apenas los del hombre atravesado por un amor crudo y embriagado que solo derrama por el mundo sin pensar demasiado. Cuando se encuentran, Sarah es tan consciente del amor que siente por su hermano que procura hacer todo lo posible por encauzar el amor de una forma natural, apegándose con él a la vida misma, pero la inestabilidad que para ellos ya se ha convertido en escenario no pareciera permitir que realmente puedan vivir del todo.
Al final todo se cubre de una espiritualidad profunda. Mística. Las alucinaciones propias del desvarío de ambos parecen conectar con un plano gigante que está en otro espacio, en otro mundo, que transforma la realidad, que resuena con la lluvia, con el viento, con los truenos que se escuchan a la distancia. Mientras que ambos yacen vencidos en una superficie que solo puede retener su cuerpo, pero en la cual no cabe todo el vacío que son capaces de albergar dentro de ellos mismos. Los besos, los abrazos, las caricias, la compañía. Todo se vuelve parte de una misma tormenta, de algo que fluye, ese amor por el cual se preguntan constantemente. Esas corrientes que avanzan sin cesar y los arrastran como los seres sensibles que son, en un mundo diseñado para la dureza, para las formas prefabricadas, para una realidad que nunca han podido sostener porque probablemente son parte de otro lugar misterioso.