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jueves, 6 de marzo de 2025

La memoria imborrable de ‘La cordillera de los sueños’ y la geografía transversal de Patricio Guzmán


El sobrevuelo de toda una década que hizo Patricio Guzmán a lo largo de la larga geografía chilena durante la década pasada, finalmente hizo su aterrizaje sobre Santiago, la capital austral, específicamente sobre la descomunal e interminable Cordillera de los Andes. Después de despegar en el Desierto de Atacama en ‘Nostalgia de la luz’ (2010) y alcanzar la Patagonia chilena en ‘El botón de nácar’ (2015), Guzmán regresa a su ciudad natal, en Santiago, para recoger los pasos de los acontecimientos que lo exiliaron de Chile, primero políticamente y después íntimamente. Sobre la cadena zigzagueante, ondulante e imponente de las montañas andinas, el director chileno repara finalmente en el núcleo de buena parte de los dolores memoriosos de Chile y Latinoamérica, en las convulsiones derivadas del trauma del 11 de septiembre de 1973, hasta la mismísima casa de infancia de Guzmán, resistente a la expansión incontrolable de los rascacielos propios del corazón del primer experimento neoliberal en la región. La cordillera, como testigo definitivo de la historia, igual que ya lo había sido en la trilogía el desierto y el archipiélago, pero con la distancia inmediata de estas alturas que contemplan y se vuelven esencialmente invisibles en su trascendencia, especialmente con respecto a la sensibilidad de víctimas y victimarios, que luchan en el debate entre quienes matan y quienes se resisten a la muerte. 

En las dos anteriores películas de la trilogía, después de una inspección profunda de aquellos territorios extraordinarios, Guzmán avanzaba sobre las cicatrices terribles que en esos espacios trascendentes había dejado instalada la dictadura misma, como si trazara el recorrido de una niebla asesina que ha envenenado a todo el país. En ‘La cordillera de los sueños’, la reflexión gira en torno a la conciencia misma, empezando por la más íntima de Guzmán hasta la de todo el país en su memoria colectiva, pero también  se refiere a la conciencia sobre la presencia descomunal de una cadena montañosa imponente que a veces pareciera haberse olvidado en la combinación entre la cotidianidad y la violencia. En la convivencia terrible en medio de una violencia que se vuelve cotidiana. Al mismo tiempo, Guzmán recoge los pasos de su propia historia y de su propia biografía al reconocer en sus adentros todavía latente el impacto abrumador del golpe de Estado. Para descender sobre su casa en Santiago, Patricio Guzmán se distancia aquí de la perspectiva científica tan característica de las primeras películas en su planteamiento. Para aproximarse a la geografía específica de la Cordillera de los Andes, que bordea Santiago de Chile, el director recurre a los artistas en primer lugar, quienes ponen en perspectiva las características físicas mismas de una textura gigantesca, y en segundo lugar se concentra en la forma en la que esa presencia define casi inconscientemente en lo colectivo la existencia de la ciudad. En cuanto parece que ha atravesado las montañas para instalarse en Santiago, la exploración de Guzmán se apoya en el testimonio de sus colegas, de otros observadores que estuvieron ahí presencialmente mientras que él estuvo lejos físicamente, sin poder nunca despegar su memoria de aquellos acontecimientos. Esto lo describe como si “el polvo de las explosiones nunca se hubiera disipado del todo”. 

Teniendo en cuenta la narrativa completa del inmenso viaje de Guzmán en esta trilogía, que termina por encontrarse por aquel otro viaje fundacional que fue el de ‘La batalla de Chile’, en ‘La cordillera de los sueños’, finalmente el director, trayendo a todo su país de la mano, de cara al mundo, se instala en el espacio específico donde duele la memoria, pero donde al mismo tiempo es necesario instalar la memoria para siempre. 


jueves, 27 de febrero de 2025

La memoria profunda de ‘El botón de nácar’ y la geografía metafísica de Patricio Guzmán


Cinco años fueron necesarios para que pudiera ser una realidad la segunda película de la trilogía de Patricio Guzmán sobre la geografía y la memoria. La tremenda envergadura de ‘Nostalgia de la luz’ (2010) dejó en claro que una nueva película sobre un concepto tan extensamente transversal requeriría de una dedicación especial, sobre todo para conseguir una obra de la medida considerablemente elevada de la primera pieza de la trilogía. En ‘El botón de nácar’ (2015), Guzmán desciende por la Cordillera de los Andes desde el excepcional Desierto de Atacama hasta el extraordinario archipiélago sobre la Patagonia chilena, sobre el vehículo de una mirada nuevamente trascendente que parte de la historia misma del realizador y se extiende a una inmensidad que pareciera inabarcable pero que Guzmán es capaz de cohesionar con una destreza única. Sobre ese terreno nuevamente abrumador, el histórico cineasta chileno se encuentra con otro espacio atravesado especialmente por el tiempo, por la memoria profunda de sus pueblos prehispánicos y de la sádica dictadura militar que devastó la esencia de Chile como país por dieciséis años. Sucede algo que fácilmente podría ser impensado: en otro espacio excepcional en el mundo, también en el particular mapa del país austral, se concentra la esencia incluso mística de un alma colectiva, que está cruzada tanto por la magia fundacional como por el horror más sistemático. 

La ubicuidad del concepto mismo de la trilogía de Guzmán en otro punto de la geografía chilena consigue simultáneamente proyectar un discurso integral tanto local como universal. Con respecto a Chile y con respecto al mundo. En este caso, Guzmán no solamente recurre a la mirada científica y comparte la mirada artística, con otros pensadores desde el arte como el poeta Raúl Zurita y también el escritor (e historiador) Gabriel Salazar Vergara y toma una dirección en la que poco a poco va tocando historias que se cruzan esencialmente, desde la del indígena llamado Jimmy Button, desarraigado desde la estafa por los colonizadores europeos, hasta Marta Ugarte, una de las personas torturadas, asesinadas y lanzadas al océano por la dictadura. Es como encontrar estrellas especiales en constelaciones inmensas, hasta el detalle profundo del botón de nácar hallado en el nuevo ecosistema de una de aquellas vigas atadas a los cuerpos como peso en el océano, como prueba extendida de una vida consistente, y que mágicamente se conecta con el botón que se utilizó para robarle la tierra entera a Jimmy Button. Y además, en otro hilo entre el pasado y el presente, encuentra a los sobrevivientes de aquel pueblo originario fundamentalmente exterminado, como si se tratara de un hallazgo arqueológico todavía con vida, y en las resonancias de sus voces, de su lengua, es capaz de generar la conciencia de la trascendencia de una lengua sobreviviente, desde su propio vocabulario hasta la resonancia profunda de la sonoridad de sus fonemas. En esa articulación en la que deriva una esencia que parece la misma de todo el espacio e incluso la misma que ya había recogido en Atacama. También se puede contemplar la unidad misma del horror y la belleza, esta vez con un relato que tiene la nobleza suficiente para reconocer que no termina de escribirse nunca, que se escribe desde que empezaron los tiempos y que no se terminará nunca, que ese relato se puede escribir sobre la página de extensiones inimaginables o sobre la singularidad de un solo rostro o de un solo objeto que se convierte en toda una nueva piedra fundacional, que es testimonio inmortal de la vida antes de esta vida o de una muerte que nunca cicatriza pero que se aferra a una memoria superior a la humana. 

jueves, 20 de febrero de 2025

La memoria infinita de ‘Nostalgia de la luz’ y la geografía conmocionada de Patricio Guzmán

La historia de Chile ha resultado ser esencial para la comprensión de América Latina desde hace más de cincuenta años. En el cine, toda una generación surgida de la adversidad aterradora de una dictadura sangrienta ha entregado a varios de los más notables autores del cine latinoamericano durante décadas. Con respecto a la generación que tuvo que soportar los horrores de aquellas circunstancias políticas en diversos frentes, se destacan auténticos artistas de gran influencia en su país, en el resto de Latinoamérica, entre los cuales cabe mencionar a Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento, con un cine absolutamente subversivo y experimental con respecto a las posibilidades del cine; Alejandro Jodorowsky en la extensión del cine hasta los confines mismos de la literatura, las artes plásticas y las artes escénicas; Miguel Littín y Patricio Guzmán, decididamente en el terreno de un cine político vigoroso y transversal con respecto a la cultura misma de Chile. En el caso específico de Patricio Guzmán, desde ‘La Batalla de Chile’, su descomunal documental en los intestinos mismos del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Santiago (que cobró la muerte y la desaparición misma de parte de los involucrados en la película), se convirtió en uno de los documentalistas esenciales en la historia del cine moderno. Justo en el inicio de la década anterior. Guzmán lanzó con ‘Nostalgia de la luz’ (2010) otra trilogía en la que explora incluso espiritualmente el extraordinario territorio de Chile para vincularlo con una memoria de auténtica resistencia y fundamental para la comprensión de las heridas profundas de todo un pueblo que abarca a toda la región. En la primera pieza de esta trilogía, Guzmán se concentra en el excepcional Desierto de Atacama, en donde se explora el pasado mirando arriba y mirando abajo. Hacia arriba el infinito del espacio, en el lugar específico donde la observación astronómica es inigualablemente idónea, y hacia abajo en el particular terreno de la zona, en donde yacen esparcidos en aquella inmensidad los restos incluso diminutos de de muchos desaparecidos de la dictadura militar. Sobre esa constelación tejida por el tiempo entre cielo y tierra, Guzmán atraviesa con su cine una reflexión tan precisa y necesaria como insondable. 

‘Nostalgia de la luz’ conecta con suma naturalidad relatos astronómicos esencialmente inasibles con la particularidad de las historias que le dan puntualidad a ese inmenso mapa espacial que se establece en la película. Es todo un firmamento lleno de historias que están profundamente interconectadas en una esencialidad que resulta sorprendente. Los personajes, tanto en las palabras como en las acciones rememoran constantemente y crean un nuevo espacio en el que se crean nuevas imágenes: aquellas que surgen de la imaginación misma frente a aquellas descripciones extensas. El punto de encuentro fundamental es la memoria, que se concentra muy especialmente en esta geografía atravesada en todos los tiempos por marcas que fundamentalmente las definen. Guzmán consigue tejer con el fundamento de la memoria, de una reflexión profunda sobre el pasado, apelando incluso a su propia voz que tiene la capacidad de dotar de una intimidad única la aproximación a todo lo que propone la película. Constantemente, la película pasa de las imágenes de tamaño incalculable, las de las constelaciones mismas, hasta lo que apenas cabe en las palmas de la mano, de los dibujos imborrables en las paredes y en las rocas. Finalmente, la conexión gigantesca que elabora Guzmán se convierte en un abrazo extenso que reconforta desde la conciencia sobre la existencia, sobre el tiempo y la mortalidad misma. En ese momento, se ha culminado un tejido tan hermoso que resplandece; que parece iluminar un espacio oscuro de la existencia misma. 

jueves, 25 de julio de 2024

El western vanguardista de ‘Los colonos’ y la revisión histórica de Felipe Gálvez


El western suele ser considerado el género estadounidense por excelencia. Aquel mito fundacional en el que Estados Unidos se cuenta su propio origen como potencia, como territorio gigantesco controlado por un discurso hegemónico en el que predomina una nueva casta. No es una consideración muy distante a la de cualquier otro mito en cualquier civilización predominante. En cualquier imperio. Pero lo esencial del western no es su construcción política en sí, sino el marco extraordinario que representa para la comprensión del mundo, precisamente como lo hacen lo mitos. Hasta no distanciarse de esa mirada sesgada del cine como herramienta de control de Estados Unidos, no se pueden ver con claridad sus extraordinarios alcances. El desierto, escenario natural del western y evocación constante del aislamiento que inunda a los personajes de melancolía, puede replicarse en muchos espacios de Latinoamérica, con una inmensa diversidad de aislamientos, incluidos la selva, el bosque, la montaña y también el desierto. Así se da fácilmente en el Cono Sur, con interminables extensiones que, por cierto, fueron colonizadas a sangre y fuego. Justo hacia esa dirección se mueve el western ‘Los colonos’, de Felipe Gálvez, que cuenta el travesía de un grupo conformado por el soldado británico Alexander MacLennan (Mark Stanley), Bill (Benjamin Westfall), un mercenario gringo, y Segundo (Camilo Arancibia), un mestizo tirador experto, enviados por el colonizador José Menéndez (Alfredo Castro) para abrirle camino a su ganado. Poco a poco, para Segundo, el mestizo, se va revelando el carácter genocida del viaje que pretende tomarse las tierras de los indígenas nativos. 

Recientemente, el chileno Théo Court se había situado en ese escenario del colonialismo más avasallador en Chile con su extraordinaria ‘Blanco en blanco’ (2019), en donde también respira el poder omnipotente de ese implacable señor feudal (también encarnado de espíritu por Alfredo Castro). Pero sin duda la tradición en la revisión de esa historia fundacional es mucho más antigua, y está anclada a esa gran triada del cine chileno conformada por Alejandro Jodorowsky, Raúl Ruiz y Patricio Guzmán. Jodorowsky desarmó el western como nadie con ‘El Topo’ (1970), haciéndolo directamente todo un viaje iniciático. Ruiz penetró con intensidad las crueldades racistas y devastadoras del colonialismo en ‘El vientre de la ballena’ (1982), especialmente desde la dominación lingüística. En cuanto a Patricio Guzmán, buena parte de su trilogía de de la memoria repara en ese campo arrasado en las inmensas extensiones en dirección al Polo Sur. Sobre esa gigantesca plataforma referencial, Gálvez toma con ‘Los colonos’ la decisión de respirar más pausadamente, reparando en los silencios, en las miradas, en las distancias. Con las estaciones características de la epopeya y de la road movie, crea un espacio casi teatral, atravesado por la luna, por la inmensidad, por el fuego, por la niebla, y progresivamente el camino se va haciendo más brutal, más criminal, más decididamente genocida. Así también se va volviendo más relevante la convulsión emocional de Segundo al encontrarse inmerso en el horror, desde el lado de los agentes de ese horror. Desde el lado de los asesinos. El peso insoportable de la conciencia crece al mismo tiempo que el tiempo se va transformando en la película, mientras el dolor se va transformando en cicatrices que poco a poco irán siendo revisadas por los investigadores de las precursoras Comisiones de la Verdad, que se hicieron necesarias a lo largo del continente para rescatar cantidades abrumadoras de verdad dolorosa que lavó con sangre la tierra. Al final de ‘Los colonos’, queda la sensación palpable de que en las miradas pervive la muerte, el trauma interminable del que solo quedará registro en las imágenes de esos rostros que resguardan almas laceradas eternamente. 


jueves, 28 de septiembre de 2023

La batalla profunda de ‘El poder popular’ y la clase obrera de Patricio Guzmán


Se podría decir fácilmente que, a lo largo de los años setenta, nadie registró con mayor detalle, intuición y profundidad los acontecimientos cruciales de Chile, que impactaban al resto de Latinoamérica, como lo hizo Patricio Guzmán con su equipo de realización de ‘La batalla de Chile’. Hay que considerar toda la década necesariamente porque las circunstancias atípicas hicieron que las entregas de toda esta saga cinematográfica dependieran en buena medida de las posibilidades para poder terminar la filmación y la edición del proyecto y, más adelante, las no pocas trabas que se daban para la exhibición. Se trata de obstáculos atípicamente inmensos, pues no solo ponían en riesgo la realización de una obra fílmica trascendente, sino que arriesgaban la integridad misma de los cineastas. Una buena prueba de estas circunstancias es el que ‘El poder popular’ (1979), la tercera película de la trilogía, apenas se pudo ver por primera vez en Cuba hacia finales de la década, cuando ya habían transcurrido varios años desde el golpe de Estado a Salvador Allende y la dictadura de Augusto Pinochet ya sumaba más de un lustro. 

En ‘El poder popular’, Patricio Guzmán se distancia de los avatares propios de la política desde el gobierno y de las reacciones de la oposición más espontáneas, más considerablemente reaccionarias, para construir un camino paralelo, el que se daba simultáneamente en un poder alternativo, en la construcción de un sistema paralelo de la clase obrera, con una organización que proponía un modelo mucho más cooperativo y colectivista, que de forma dejaba ver toda una nueva forma de observar el mundo. Esta organización comunitaria, es la base fundamental del concepto para esta tercera película, y se proyecta como toda una propuesta para pensar el mundo, para pensar un sistema auténticamente latinoamericano. Esta propuesta consistía en tres estamentos fundamentales: los almacenes comunitarios, los cordones industriales y los comités rurales. Cada uno de estos métodos eran la respuesta a las presiones de la oposición por desestabilizar y finalmente terminar con el gobierno de Allende y propendían, más allá de eso, por la búsqueda del llamado “poder popular”. Guzmán extiende la mirada más allá de las circunstancias específicas en torno al golpe de Estado y muestran la trascendencia histórica del gobierno de Allende en términos históricos. Recorre con gran detalle la trama de toda una organización que proponía toda una nueva forma de vida, que, aunque contenía buena parte ideológica del socialismo, representaba una perspectiva plenamente chilena, latinoamericana, auténtica en sus vínculos con una sociedad obrera, campesina, en la que se entrelazan pequeñas células que respondían a las necesidades funcionales del inmenso aparato estatal. Las circunstancias ciertamente dramáticas relacionadas con los asuntos políticos y militares, aquí quedan como el telón de fondo de un movimiento extenso, comprometido, que implicaba mucho más que las personalidades propias de los actores políticos, que terminarían en otro terreno por hacerse inmensas desde diferentes perspectivas. Aquí los líderes comunales, los sectoriales, los obreros con cascos y overoles, los trabajadores agolpados en los camiones para resistir los intentos de sabotaje en las fábricas que movían la economía. Todo es vigilancia constante, un hábitat que se crea a partir del respaldo en el otro. Así es como la voz en off deja buena parte del protagonismo narrativo o descriptivo y deja que sean los mismos hombres y mujeres, quienes no solo con sus voz, sino que incluso con sus propios énfasis emocionales, dejan el mejor registro de la verdadera importancia histórica de este movimiento auténticamente de masas, que se planteaba como toda una forma de organización justa y equitativa de la sociedad, como lo pinta ampliamente el plano general que al final muestra todo un mundo por construir. 


jueves, 21 de septiembre de 2023

La batalla en la resistencia de ‘El golpe de Estado’ y el testimonio histórico de Patricio Guzmán

Las circunstancias en las cuales Patricio Guzmán y sus pocos compañeros llevaron a cabo ‘La batalla de Chile’ representan no solamente una extraordinaria aventura que puso en riesgo o incluso cobró la integridad misma de los cineastas, sino que consiguió aportarle a la misma historia de Latinoamérica un documento inestimable por conseguir adentrarse en los espacios mismos donde se escribía esa historia en el caso de Chile, en torno a los acontecimientos que derivaron en una dictadura sangrienta. En ‘La insurrección de la burguesía’, la primera parte de la saga, Guzmán describe al detalle los repetidos y frustrados intentos de la oposición derechista por derrocar al presidente Salvador Allende. Esos fallos repetidos en el terreno de lo legal y de la conspiración, derivaron en el llamado ‘Tanquetazo’, un primer intento del golpe militar, liderado por un sector reaccionario del gobierno, entrenado por la CIA, repelido apenas por el círculo que componía la guardia de Allende. Con ese precedente y desde ese punto de partida, ‘El golpe de Estado’ (1976) registra con precisión las estrategias inmediatas, especialmente en el ámbito obrero y político, para responder a lo que cada vez era un golpe de Estado, esta vez más brutal. 

El elemento predominante en esta segunda parte es el testimonio, el discurso, el pronunciamiento. Los rostros ahora son los de quienes lideran en diferentes niveles de poder los movimientos sociales. Se trata de documentos históricos que permiten que el espectador aproveche la inmensa potencia presencial del cine para comprender la atmósfera que se respiraba en esos espacios abarrotados en los cuales se concilian las estrategia y se puede ya vislumbrar la eterna diferencia de criterio entre las izquierdas más radicales, que tienen urgencia por la acción y consideran que debe usarse sin miramientos el poder político, especialmente el presidencial, y aquel que es proclive a la mesura, a la estrategia de coalición, aunque los tiempos sean más largos en un contexto de urgencia por las presiones golpistas. Patricio Guzmán recurre también a los archivos, tanto a las imágenes de los debates que se daban entre congresistas en la televisión, como los audios del mismísimo Allende desde la Moneda, que podrían bien trazar el registro de la escalada trágica de los acontecimientos. Todo se lleva cada vez más a las acciones obreras para resguardar las fábricas e industrias y, al mismo tiempo, el gobierno hace uso hasta donde es posible de las herramientas democráticas que tiene a la mano para poder controlar los escarceos cada vez más nutridos de los militares de extrema derecha, quien cada vez más constriñen el cerco sobre la institucionalidad, con el respaldo abierto, ni siquiera disfrazado, de los Estados Unidos por medio de la CIA. La voz en off se concentra más en las sentencias objetivas, que dejan entrever la solemnidad y el carácter histórico de los acontecimientos. Esa postura abierta, que le da vía libre a que las imágenes y los sonidos se expresen por sí mismos, consigue conservar una contundencia extraordinaria, una abrumadora verdad que no es más que el paso devastador de la historia. La casa de Gobierno, que alberga al presidente democrático que buscaba construir la justicia social desde la autonomía y desde un nuevo modelo propiamente latinoamericano, es azotada por los bombardeos y todo se derrumba ante los ojos del espectador, sin que haya falta agregar una sola palabra. Y entonces, tras las palabras mismas de Allende, cercado hasta la muerte, emerge la devastación de una dictadura instaurada, la monstruosidad en forma de un desierto extendido, en donde poco a poco empieza a crecer la tortura, y de paso una nueva organización para supervivencia de la resistencia popular. 

jueves, 14 de septiembre de 2023

La batalla ideológica de ‘La insurrección de la burguesía’ y la inspección contextual de Patricio Guzmán

Las circunstancias previas, directas y posteriores en torno al golpe de Estado en el Palacio de la Moneda, la sede de gobierno de Chile, con la consecuente muerte del presidente socialista Salvador Allende, fue en todo su conjunto un fenómeno determinante para la historia de América Latina de cara al porvenir de la región. Tan determinante y crucial como lo es para la historia de la región aquel evento histórico, lo es ‘La Batalla de Chile’, de Patricio Guzmán, para la historia del cine latinoamericano. Sin duda alguna, se trata del documento fílmico más importante con relación al registro de estos acontecimientos que marcaron la vida de Latinoamérica. Por supuesto, teniendo en cuenta las adversidades naturalmente violentas y amenazantes del contexto, el rodaje se dio precisamente en esos términos, hasta el punto de que el fotógrafo y camarógrafo Jorge Müller Silva fue detenido y desaparecido, en 1974 poco después de que los demás integrantes del equipo de realización, junto con el material filmado, abandonaron el país tras el golpe militar. Por lo tanto, la auténtica épica que representó la realización de este material, es un elemento más de trascendencia para su existencia actual, para su valor extraordinario como obra cinematográfica. Por si fuera poco, para efectos más extensos de la historia del cine, contó con un aporte determinante de Chris Marker. El legendario creador del llamado “documental subjetivo”, consiguió la película virgen que era inaccesible por el bloqueo de Nixon sobre el gobierno socialista chileno. 

La saga está dividida en tres partes que precisamente tratan las diferentes etapas del proceso histórico. La primera de ellas, titulada ‘La insurrección de la burguesía’ (1973), se refiere en detalle al contexto, al caldo de cultivo que derivaría en la acción violenta del 11 de septiembre, empezando por las elecciones parlamentarias, que eran vistas por la oposición derechista como el primer escenario en el que sería posible debilitar el poder presidencial. Poco a poco los recursos democráticos se irían deteriorando y los intereses de las élites burguesas y de los Estados Unidos apremiaban para procurar nuevas estrategias buscando obstaculizar las políticas de Allende. 

Patricio Guzmán utiliza recursos diversos para construir un mapa suficiente del entorno, del contexto específico en el que se iban a desatar las tormentas históricas. La inspección incluye primariamente la entrevista en las calles, en donde se percibe la agitación y la consecuente polarización, mientras que la cámara de Müller inspecciona los detalles, los rostros, las sonrisas y, cuando consigue acceder a los espacios privados de los entrevistados, a las características de su entorno, que dejan entrever su posición social. También utiliza una voz en off didáctica, expositiva, que no se limita a la descripción, sino que narra una historia intensa, que va creciendo en los alcances, que a fin de cuentas es todo el proceso de crecimiento de una inmensa oleada que derivaría en toda una hecatombe. Los close-up se convierten en todo un motivo, en todo un paisaje que sabe expresar muy bien un amplio rango de valores, desde la herencia cultural de un pueblo indígena hasta las convulsiones propias de un contraste ideológico profundamente pasional. Guzmán también consigue acceso a espacios interiores en los cuales se deciden buena parte de los acontecimientos que retumbaban en la calle. En el mismo Congreso chileno con el saboteo de la oposición a los proyectos del gobierno, en el conteo mismo de los votos de las elecciones parlamentarias o también en las asambleas y las juntas de los movimientos populares en las que se definían colectivamente las estrategias a seguir, tanto en las calles como en las organizaciones mismas. Poco a poco, la obra magna de Guzmán iba construyendo el inmenso retrato colectivo de todo un cataclismo histórico, que se asomaba descomunal en el horizonte y empezaba a respirarse en el aire, que destellaba en los ojos furiosos de los humanos involucrados. 


viernes, 9 de marzo de 2018

La contenida aventura de ‘Una mujer fantástica’ y la extendida feminidad de Sebastián Lelio

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El cine del Cono Sur del continente americano ha estado muy activo durante lo que lleva transcurrido este siglo. Esa actividad ha tenido excelentes resultados por supuesto en Argentina, pero también en países como Uruguay y Chile. En este último, es notable el avance que ha tenido la cinematografía, seguramente de la mano con el crecimiento económico y del país en general en relación con la región. Uno de los cineastas chilenos más destacados durante ese lapso es Sebastián Lelio, especialmente en lo que llevamos de esta década. Lelio se ha destacado notablemente para el mundo en el panorama del cine latinoamericano, recorriendo con gran éxito los festivales y premios más importantes del mundo, con películas especialmente destacas como ‘La Sagrada Familia’ (2005), ‘Gloria’ (2013) y más recientemente ‘Una mujer fantástica’ (2017), que acaba de valerle el Óscar a mejor película extranjera y el segundo Óscar para Chile en tres años, después de obtener el de mejor corto de animación para ‘Historia de un oso’ (2014) en 2016. ‘Una mujer fantástica’ nos cuenta la situación que debe vivir Marina Vidal (Daniela Vega), joven mujer transexual, tras enfrentarse a la fatalidad con su pareja, Orlando (Francisco Reyes), haciendo activa toda la discriminación latente hasta ese punto.

El planteamiento de ‘Una mujer fantástica’ es inmejorable. De forma muy hábil nos han introducido como espectadores en una relación entre un hombre maduro y una mujer joven transexual, que sin duda alguna nos llama, tiene nuestra atención, nos contagia. La acción se dispara de forma intensa, emocionante, nos ponen frente a una auténtica víctima que conmovedoramente tiene de repente en sus manos la más dura fatalidad y tiene de cara al mundo mismo, a una sociedad discriminatoria, cruda, que la pone contra la pared de forma inmediata. Lamentablemente, los hechos que se han apropiado legítimamente de toda nuestra atención, poco a poco se van diluyendo en palabras de las cuales ya conocemos su existencia, de contenciones cómodas, limitadas, a veces hasta lugares comunes no especialmente interesantes. Como espectadores empezamos al borde del asiento y terminamos desparramados en la silla de la sala de cine, sorbiendo nuestra bebida.

A pesar de un tratamiento cinematográfico atractivo, centrado en el movimiento como motor del ritmo mismo de la película, el criterio es difuso, los espacios no son significativos, no se percibe claramente hacia donde van las cosas y eso está lejos del misterio y más bien cercano a un devenir extendido deliberadamente con intenciones estéticas. La presencia de la fantasía luce desarticulada, con entes flotantes, que miran pero no expresan, que hablan pero no dicen. Se extraña que el guion, bien direccionado de por sí, sirva para plantear acciones que funcionen como catalizador para expresarnos la situación, que nos muestre al personaje en una situación que sin duda es potente, pero que parece servir solo para que notemos su individualidad, en donde incluso se percibe una falta de matices que derivan en un melodrama más bien gris. La ciudad está presente, la aventura está planteada, pero se queda en obra negra, se desperdicia en un trasegar interno que tampoco contagia, y no tiene que ver eso con la particularidad del personaje principal.

Sin embargo, lo más interesante resulta ser la extensión de la feminidad que plantea Lelio, no solo en esta película sino en otras obras de su filmografía, como ya lo había expresado en ‘Gloria’. El reconocimiento de lo femenino es sin duda valioso, más allá del género mismo. No es precisamente un tema nuevo, pero es importante en los tiempos que vivimos. La feminidad es mucho más extensa de lo que convencionalmente se ha construido para esa condición y Leilo hace énfasis en ello con acierto. Lamentablemente, todo naufraga en una corrección política inane. ‘Una mujer fantástica’ será un referente más en el cine latinoamericano, pero no especialmente en la discusión social contemporánea.