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miércoles, 22 de junio de 2022

La experiencia preblockbuster de Steven Spielberg y la deidad extraterrestre de 'Encuentros cercanos del tercer tipo'


Hacía finales de la década de los setenta, el sueño colectivo de la contracultura de los sesenta se estaba extinguiendo entre la desilusión que generaban las injusticias y la persistencia de un conservadurismo recio que había causado un desastre en Vietnam. Steven Spielberg había surgido de aquella camada de cineastas contraculturales que refundaban Hollywood con nuevos preceptos, con la mirada puesta en los outsiders o en el pueblo estadounidense raso, lejos de las luminarias inalcanzables del Star System. En el 77, George Lucas había partido en dos el negocio del cine dándole el banderazo de partida a los blockbusters, las películas como negocio multimillonario, con su ‘Star Wars: Una Nueva Esperanza’ (1977). Spielberg, tras una serie de filmes encantadores en el apogeo contracultural, había cautivado a las audiencias con su horror de espasmos y leit motiv en ‘Tiburón’ (1975) y apenas dos años después se convertía con anticipación en el Rey Midas de los corporativos años ochenta con su ‘Encuentros Cercanos del Tercer Tipo’ (1977), en simultáneo con el parteaguas de Lucas. ‘Star Wars’ dictaría las películas y Spielperg la dirección. En ‘Encuentros cercanos del tercer tipo’, nos lleva por dos caminos. El camino sencillo de Roy Neary (Richard Dreyfuss), padre de familia que, en busca de la solución a un apagón eléctrico en su casa, se encuentra con un ovni que le contagia una fascinación enfermiza en busca de una montaña fija en su mente. Por otra parte, el experto en el fenómeno ovni, Claude Lacombe (nada más y nada menos que François Truffaut), estudia en el Desierto de Sonora la aparición de aviones y cargueros desaparecidos por décadas, pero sin sus pilotos. Desde esa plataforma, dan inicio dos viajes que se entrecruzan, que se tocan y se entraman, como si estuvieran vistos desde las alturas por una deidad extraterrestre que se revela gradualmente.

Spielberg parte de las lecciones propias de su generación, de los principios no escritos del Nuevo Hollywood contracultural. Su cine abreva de la inmensa herencia del Hollywood clásico y al mismo tiempo parte de la mirada del outsider. Pareciera que en cualquier momento Cary Grant va a emprender la huida de los ovnis que sobrevuelan la carretera, como lo hace en ‘Intriga Internacional’ (1959) y la fuerza indescifrable inunda de luz los espacios como en ‘El enigma de otro mundo’ (1951), de Hawks. Pero al mismo tiempo sus protagonistas son tan outsiders como los de su generación, con Roy, el padre que pierde la familia por el delirio, o para ser más extenso en la diversidad, el francés (fundador de la Nueva Ola), que también como extraterrestre viene a lanzar los cables de la comunicación resignificada. La mirada de los niños puesta en el cielo y en los detalles, que se haría célebre en el cine de Spielberg, con la sacudida descrita hasta los detalles, todo visto por una nueva luz, aquí incluso desde lo narrativo. La evolución de la trama no se centra especialmente en las acciones narrativas sino en la construcción de una experiencia espectacular, de un espectáculo masivo que no necesariamente tiene que ir al fondo de sus propias ideas, sino que es suficiente con su puesta en escena de un mundo identificable para cualquiera que pertenezca a la homogenización cultural del capitalismo. A ese mundo perfectamente reconocible década tras década, gracias a la intuición privilegiada de Spielberg, se le suma también una concepción inédita para ese entonces, especialmente para el asunto de la vida en otros planetas, frecuente como es normal en la ciencia ficción. Aquí Spielberg convierte a la vida extraterrestre en una deidad suprema, luminosa, sin rostro, que parece estar por encima de las capacidad estructurales e intelectuales de la máxima potencia perfilada para devorarse al mundo. Los extraterrestres olímpicos de Spielberg levitan como la representación divina de Cecil B. De Mille o William Wyler, con todo y sus héroes que atraviesan auténticos escenarios caóticos de distopía bien acogedora justo en la construcción de una auténtica experiencia. Así pues, ascienden y descienden, eligen humanos para sus tareas, abren y cierran los portales para descender y ascender a la luz enceguecedora de su paraíso inabarcable e incomprensible para los humanos, pero los invita a compartir en la mesa con sus apóstoles enviados para dejar mensajes, para responder a la música de los outsiders redimidos a punta de sus percepciones diversas de la realidad. Aquí Spielberg, formado en el séquito de una resistencia virtuosa de cineastas rebeldes, quitaba el velo de un cine monumental, de dimensiones nunca antes vistas, con presupuestos descomunales, que sería la respuesta del establecimiento cinematográfico a la conversión del cine en una sola corporación trasnacional. Y Spielberg tomaría el timón de ese transatlántico que aún domina el océano. 

sábado, 14 de abril de 2018

La memoria imaginativa de Steven Spielberg y la nostalgia futurista de ‘Ready Player One’

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Después de pasar por los premios Óscar con ‘The Post’, Steven Spielberg está de regreso en las salas de cine con su faceta más célebre, la de gigante de los blockbuster. En esta ocasión, ha recogido toda la memoria de una generación para aprovechar las condiciones tecnológicas actuales y hacer realidad una aventura de ciencia ficción y fantasía titulada ‘Ready Player One’, adaptación de la novela homónima de Ernest Cline. Estamos en el 2045 y la distopía invade el mundo, con sobrepoblación, contaminación, reducción de lo social y las personas sumergidas en la virtualidad, específicamente en el Oasis, un mundo paralelo en quien cada quien es lo que quiere ser, sin límites, sin condiciones. Nuestro héroe es Wade Watts (Tye Sheridan), un nerd gigantón y huérfano que en la vida real sufre de bullying por parte de sus horrendos tíos y en el Oasis es todo un héroe. La gran ambición de este universo disfuncional consiste en encontrar en huevo de Pascua que ha dejado Hallyday (Mark Rylance), un genio nerd obsesionado con la cultura pop setentera y ochentera, quien ha amasado una inmensa fortuna y tras morir la ha dejado en herencia para quien encuentre el huevo en su mundo paralelo. El joven Wade debe enfrentarse al mundo corporativo que busca esa fortuna, con el respaldo de sus únicos amigos, los virtuales, Aech (Lena Waithe), Art3mis (Olivia Cooke) y los de origen oriental, frecuentes en el elenco del universo Spielberg.

Esta película solamente pudo haber sido hecha en esta coyuntura de la tecnología cinematográfica. Es el momento oportuno para hablar de la dualidad entre lo real y lo virtual y de paso volver a lanzar una apuesta sobre el futuro, con la escena aterradora de un presente ya distópico. La imaginación por supuesto se desborda en la virtualidad, especialmente vinculada con la memoria, con un compendio impresionante de referencias de la cultura pop de los últimos cuarenta años, especialmente enfocada en los ochenta, donde los blockbuster se desarrollaron, se unieron al post punk y al glam, a las herencias del disco y al auge de los videojuegos. La imagen empezó a tomarse el horizonte y Spielberg fue parte de ello, así que sabe muy bien cuáles son las pulsiones que se requieren. Para el espectador conectado con este mundo, se trata de una experiencia memoriosa por supuesto agradable, de una celebración, en medio de una historia tradicional del héroe que sale del pueblo raso y emprende la aventura mítica, la que formará un nuevo mundo a partir del amor. Como sucede cuando la ciencia ficción se encamina por los caminos originales, la reflexión sobre la sociedad es ineludible, y Spielberg no lo deja de lado, con cierta condescendencia frente a los asuntos que el mundo lamenta en la actualidad y que parecen ser el escenario del cual parte su especulación futurista.

El valor de ‘Ready Player One’ radica de forma especial en su característica particular de ser un compendio de la cultura audiovisual, de las imágenes y sonidos que hemos tenido presentes durante toda la vida, especialmente de este lado del mundo. En cierto punto, las referencias son tantas que la trama pasa a un segundo plano, deja de interesar y a veces se pueden escuchar las risas en el público, probablemente en un momento en el cual no era eso lo esperado. Lo importante radica en que somos parte de este universo, en que es el mundo que nos tocó, la cultura popular que heredamos de forma histórica. Es como si Spielberg hubiera hecho un capítulo de viejos capítulos en la serie de su carrera, con apariciones especiales de otras fuentes, contemporáneas a las suyas. La nostalgia es un sentimiento potente, especialmente acogedor, cálido. La imagen, los símbolos, los recuerdos ya no solamente se remiten a nuestra experiencia directa, a la realidad, sino que también abrevan de la virtualidad, de la televisión, de los videojuegos, del cine, de los cómics, de la radio, del internet. ‘Ready Player One’ conjuga toda esta memoria y la sintetiza en un esfuerzo notable, que hace alarde de nuestro presente tecnológico, pero que tendrá su futuro garantizado en las referencias, no en la obra cinematográfica en sí.

viernes, 16 de febrero de 2018

El lado B de Steven Spielberg y el orgullo patrio de ‘The Post’





















Steven Spielberg es probablemente el mayor representante de lo que se considera usualmente como el cine comercial. Al menos es el primero que viene a la mente a quienes piensan en esa división ciertamente artificiosa entre lo comercial y lo autoral, lo masivo y lo independiente. Por supuesto, aunque Spielberg sigue en la cabeza de varios blockbuster en esta época, especialmente de animación, está claramente más concentrado en películas que pueden considerarse su lado B, el desarrollo específico de temas de su interés personal, usualmente con un gran énfasis político e histórico. En los años recientes, esta línea particular de su obra le ha valido varias nominaciones a los premios Oscar. En este año, lo consiguió con ‘The Post’, en donde reúne por primera vez a Meryl Streep y Tom Hanks en un thriller periodístico relacionado con la publicación de archivos relativos a la publicación de archivos secretos del Estado gringo sobre las verdaderas motivaciones acerca de la entrada y permanencia en la guerra de Vietnam. El Washington Post, a cargo de Kay Graham (Meryl Streep), se encuentra con el dilema de continuar las publicaciones, iniciadas por el New York Times y bloqueadas judicialmente, frente a unas amenazas de quiebra económica muy serias. Ben Bradlee (Tom Hanks), el editor principal del diario, impulsa decididamente la investigación y la consecuente publicación, mientras Graham se debate entre sus relaciones privadas, sus intereses empresariales y su responsabilidad social.

Spielberg es un cineasta especialmente hábil técnicamente. Su cámara articula perfectamente, puede verse su discurso cinematográfico con claridad, a través de su composición, su concepción precisa del montaje y el complemento especial de la música eficiente de John Williams. Sin duda, características de un autor que se pueden percibir en Spielberg, algo que para muchos puede sonar casi a blasfemia para muchos. Los principios sociopolíticos de los gringos son herederos de las teorías liberales y esos principios son el tema usual de Spielberg en esta faceta de su trabajo. Probablemente, esta característica ha sido autoimpuesta por ellos mismos. Más allá de esto, lo interesante desde una perspectiva objetiva gira en torno al dilema que enfrenta inevitablemente la dueña del Post, de alta alcurnia, pero llena de convicciones liberales que considera necesarias para ejercer el periodismo. Por supuesto, Meryl Streep sabe moverse muy bien en este escenario emocional que plantea el personaje y Spielberg sabe construir el concepto de su película con ella como centro.

El trasfondo de la situación, sin embargo, es ineludible en el análisis. Las grandes virtudes liberales que retrata Spielberg, seguramente con principios demócratas, se transforman cuando se observa desde el exterior. El tema de la Guerra de Vietnam, que plantea la película, toca temas especialmente locales y plantea crímenes ideológicos en los cuales las víctimas se circunscriben a los mismos estadounidenses, dejando de lado lo que esta situación generó fuera de ese país, específicamente en Vietnam. Es la versión gringa del viejo eurocentrismo, de la occidentalización. Más allá de esto, la película de Spielberg, aunque muy bien concebida, casi de una forma en la cual es imposible hacerlo mejor desde lo técnico, resulta poco sorpresiva y notablemente meliflua, llena de concesiones a los espectadores y con esa resolución triunfal, casi como una reconstrucción del 4 de julio. De cualquier forma, en el contexto específico estadounidense, se puede deducir que es importante que estas voces se expresen en el contexto de la política interna que está transitando ese país. Spielberg es una figura indispensable porque ha conseguido establecer un parámetro, ha logrado crear paradigmas y ha desarrollado casi que una escuela entera. Resulta fundamental para alimentar el cine y ‘The Post’ representa perspectiva histórica subjetiva, pero que no por eso deja de ser referencial históricamente y al mismo tiempo es otra película en la obra de un cineasta que sin duda es material de consulta indispensable.