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sábado, 14 de abril de 2018

La memoria imaginativa de Steven Spielberg y la nostalgia futurista de ‘Ready Player One’

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Después de pasar por los premios Óscar con ‘The Post’, Steven Spielberg está de regreso en las salas de cine con su faceta más célebre, la de gigante de los blockbuster. En esta ocasión, ha recogido toda la memoria de una generación para aprovechar las condiciones tecnológicas actuales y hacer realidad una aventura de ciencia ficción y fantasía titulada ‘Ready Player One’, adaptación de la novela homónima de Ernest Cline. Estamos en el 2045 y la distopía invade el mundo, con sobrepoblación, contaminación, reducción de lo social y las personas sumergidas en la virtualidad, específicamente en el Oasis, un mundo paralelo en quien cada quien es lo que quiere ser, sin límites, sin condiciones. Nuestro héroe es Wade Watts (Tye Sheridan), un nerd gigantón y huérfano que en la vida real sufre de bullying por parte de sus horrendos tíos y en el Oasis es todo un héroe. La gran ambición de este universo disfuncional consiste en encontrar en huevo de Pascua que ha dejado Hallyday (Mark Rylance), un genio nerd obsesionado con la cultura pop setentera y ochentera, quien ha amasado una inmensa fortuna y tras morir la ha dejado en herencia para quien encuentre el huevo en su mundo paralelo. El joven Wade debe enfrentarse al mundo corporativo que busca esa fortuna, con el respaldo de sus únicos amigos, los virtuales, Aech (Lena Waithe), Art3mis (Olivia Cooke) y los de origen oriental, frecuentes en el elenco del universo Spielberg.

Esta película solamente pudo haber sido hecha en esta coyuntura de la tecnología cinematográfica. Es el momento oportuno para hablar de la dualidad entre lo real y lo virtual y de paso volver a lanzar una apuesta sobre el futuro, con la escena aterradora de un presente ya distópico. La imaginación por supuesto se desborda en la virtualidad, especialmente vinculada con la memoria, con un compendio impresionante de referencias de la cultura pop de los últimos cuarenta años, especialmente enfocada en los ochenta, donde los blockbuster se desarrollaron, se unieron al post punk y al glam, a las herencias del disco y al auge de los videojuegos. La imagen empezó a tomarse el horizonte y Spielberg fue parte de ello, así que sabe muy bien cuáles son las pulsiones que se requieren. Para el espectador conectado con este mundo, se trata de una experiencia memoriosa por supuesto agradable, de una celebración, en medio de una historia tradicional del héroe que sale del pueblo raso y emprende la aventura mítica, la que formará un nuevo mundo a partir del amor. Como sucede cuando la ciencia ficción se encamina por los caminos originales, la reflexión sobre la sociedad es ineludible, y Spielberg no lo deja de lado, con cierta condescendencia frente a los asuntos que el mundo lamenta en la actualidad y que parecen ser el escenario del cual parte su especulación futurista.

El valor de ‘Ready Player One’ radica de forma especial en su característica particular de ser un compendio de la cultura audiovisual, de las imágenes y sonidos que hemos tenido presentes durante toda la vida, especialmente de este lado del mundo. En cierto punto, las referencias son tantas que la trama pasa a un segundo plano, deja de interesar y a veces se pueden escuchar las risas en el público, probablemente en un momento en el cual no era eso lo esperado. Lo importante radica en que somos parte de este universo, en que es el mundo que nos tocó, la cultura popular que heredamos de forma histórica. Es como si Spielberg hubiera hecho un capítulo de viejos capítulos en la serie de su carrera, con apariciones especiales de otras fuentes, contemporáneas a las suyas. La nostalgia es un sentimiento potente, especialmente acogedor, cálido. La imagen, los símbolos, los recuerdos ya no solamente se remiten a nuestra experiencia directa, a la realidad, sino que también abrevan de la virtualidad, de la televisión, de los videojuegos, del cine, de los cómics, de la radio, del internet. ‘Ready Player One’ conjuga toda esta memoria y la sintetiza en un esfuerzo notable, que hace alarde de nuestro presente tecnológico, pero que tendrá su futuro garantizado en las referencias, no en la obra cinematográfica en sí.

viernes, 26 de enero de 2018

La nebulosidad de ‘Darkest Hour’ y la nueva convencionalidad de Joe Wright


























Empieza la temporada de las películas nominadas a los premios Oscar en las carteleras cinematográficas latinoamericanas, en la mayoría de la región. Una de las más destacadas es ‘Darkest Hour’, con seis nominaciones incluyendo mejor película y mejor actor principal para el muy memorable Gary Oldman, quien interpreta al legendario premier inglés Winston Churchill. El director es el británico Joe Wright, especializado en adaptaciones históricas del drama inglés y europeo en general, como ‘Pride & Prejudice’ (2005), ‘Atonement’ (2007) y ‘Ana Karenina’ (2012). ‘Darkest Hours’ cuenta la historia de los primeros días de Churchill en su cargo Primer Ministro, asumiendo directamente y sin preámbulos el avance implacable de la Alemania nazi por Europa, expandiéndose determinadamente hasta las costas inglesas con el fin de conquistar la isla británica. Churchill surgió como una figura experimentada que podía conciliar las posturas de diversos sectores políticos contrapuestos y con el liderazgo y la experiencia suficiente para hacerse cargo de liderar políticamente a Gran Bretaña ante esta eventualidad histórica y francamente urgente. Joe Wright intenta crear un retrato de esta figura histórica del siglo pasado abarcando diversas perspectivas de su vida, incluyendo su privacidad más reducida, en sus habitaciones o hasta en sus baños y también su exposición decidida en la Cámara de los Lores, pasando por la lucha política interna en los gabinetes de defensa y gobierno.

Las biopics son todo un subgénero efervescente en el contexto hollywoodense actual, repleto de adaptaciones, secuelas, precuelas, remakes, spin-offs y en general reiteraciones de ideas anteriores, usualmente comprobadas en lo que a su eficiencia se refiere. Este subgénero, por supuesto, no es nuevo, aunque esté en auge desde hace varios años. Lo que sí se podría considerar como una novedad son los criterios y lineamientos que ha ido adquiriendo en la época contemporánea. No son pocas las reconstrucciones históricas que se han llevado a cabo alrededor de personajes históricos, como por ejemplo la igualmente nominada a los premios Oscar y también contextualizada en la Segunda Guerra Mundial ‘The Imitation Game’, de Morten Tyldum, sobre la vida del prócer informático Alan Turing, protagonizada por el actor inglés Benedict Cumberbach. Tal vez la diferencia entre esta película de Joe Wright sobre Chuchill y aquella de Tyldum está en la integración social de los personajes que representan, aunque ‘Darkest Hour’ tiene tendencia a un énfasis efectista en la condición de anciano de Churchill. Ese es solo uno de los criterios de estas biopics, que rayan con el melodrama facilista y hacen uso de una construcción cinematográfica con herencias del videoclip, que si bien son legítimas y consecuentes, no representan especialmente una innovación. Es como si la innovación se hubiera estandarizado con este tipo de criterios. Lo riesgoso cuando se aplica a una figura como la de Churchill es la deformación de procesos históricos complejos a través de la simplificación, todo por la búsqueda de cierta satisfacción forzada del público masivo. La selección del excelente Gary Oldman también parece errónea y surge la duda de si se buscaba un esfuerzo intencional en la caracterización para propulsar nominaciones en la Academia. Además, la expresividad de este actor no parece concordar con las formas calmas que las referencias traen sobre Churchill y que cubrían sus decisiones de gran poder de autoridad. Además, complementado con situaciones gravemente inverosímiles.

Por supuesto, los criterios técnicos de esta película son extensos y llenos de suficiencia, desde todos los puntos de vista, destacando la fotografía, la edición y la dirección misma, eso sí con una música especialmente dedicada a empujar unas sensaciones básicas y sinceramente tradicionales. Todo en realidad configura una nueva convención, como si se hubiera formado un nuevo continente. Curiosamente, lo que en cierto momento fue una progresión vanguardista se ha convertido en la tradición que empieza a ser transgredida por otro cine de iguales o diferentes esferas de producción.