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sábado, 2 de marzo de 2019

La belleza fría de ‘Guerra fría’ y la rendición estética de Pawel Pawlikowski


Sin duda alguna, ‘Guerra fría’ del polaco Pawel Pawlikowski, fue una de las películas más importantes de 2018. Pawlikowski cosechó el premio al mejor director en Cannes y la mejor película europea en los Goya, entre otros reconocimientos. El director polaco ha consolidado una carrera destacada en el panorama del cine europeo durante dos décadas. Su anterior película, ‘Ida’ (2013), se alzó con el Oscar a mejor película extranjera. En esta ocasión, Pawlikowski homenajea a sus padres en una historia de amor que atraviesa un par de décadas, los cincuenta y los sesenta, acercándonos al tórrido romance, en plena segunda posguerra, en medio de la Guerra Fría, entre Zula (Joanna Kulig), una joven artista del espectáculo en la Polonia comunista y Wiktor (Tomasz Kot), un director de orquesta y pianista del mismo país con reconocimiento del otro lado de la Cortina de Hierra. La pareja se enamora pasionalmente desde el primer encuentro y Wiktor convence a Zula de escapar a Francia a vivir la histórica vida bohemia de París, especialmente para los artistas. Los desencuentros propios de lo torrencial en el amor golpean una y otra vez a la pareja, que salta en el tiempo y en el espacio para encontrarse de nuevo, sin poder separarse.

La fotografía de Lukasz Zal, quien ya había trabajado con Pawlikowski en ‘Ida’, responde perfectamente a la composición poética del director, entregándonos auténticas postales memorables en cada plano. El contraste alto nos permite conectar de forma armónica la crudeza del invierno polaco con la calidez del vodevil francés. La música también nos acompaña en el viaje de este romance, con piezas características de la marcialidad comunista y también la multiculturalidad luminosa de la bohemia francesa, desde lo latino hasta el rock and roll. Las elipsis nos van poniendo en escenarios diversos, en situaciones emocionales diferentes para los personajes, pero siempre el reencuentro amoroso es infalible a partir de un deseo incontenible, de un amor trascendental. Estos saltos temporales nos conducen a una apreciación diferente de la película. Se trata de una historia episódica que nos relata un romance extenso, indisoluble y que como espectadores tenemos que conectar para seguir la evolución de la vida misma de los personajes. Pero corre riesgos grandes en ese esfuerzo frente a la desconexión. Usualmente, no se puede encontrar un vínculo más allá del estético para darle armonía estructural a la película.

El concepto de la película, con las elipsis conducidas por la música y sostenidas con una gran fotografía, responde especialmente a la rendición estética de Pawlikowski, a su entrega definitiva a la recreación plástica, al preciosismo, a la belleza plena. Por supuesto lo consigue, pero en ese esfuerzo evidentemente el fondo se difumina, se desenfoca frente al esfuerzo estético denodado. Esto termina entregándonos un romance que, si bien es intenso a partir del deseo, termina cayendo en la superficialidad, porque el mismo fondo de la historia, de la situación, funciona en servicio del espectacular despliegue plástico. Así es como al salir de la película las emociones no se han tocado sustancialmente y se quedan en la superficie de las sensaciones que nos generan las dos hermosas personas que conforman la pareja, enmarcados en escenarios de ensueño. La rendición estética de Pawlikowski es tal que por momentos la inverosimilitud se toma la película, o incluso, lo que es más notable, se debilita la verosimilitud. A pesar de alimentarse de cine y cineastas europeos que construyeron la cinematografía del continente, como Murnau, Eisenstein, Vigo, Antonioni y más, el fondo de la película específica y paradójicamente palidece frente a su propia forma. La sensación al final es la de haber pasado por una hermosa observación estética, pero fundamentalmente las emociones están intactas y la verosimilitud desaparece en el momento cumbre, en las resoluciones.

sábado, 20 de enero de 2018

La melancolía sanguínea de Guillermo del Toro y la cadencia pagana de ‘The Shape Of Water’

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Guillermo del Toro nuevamente está dando de qué hablar en los festivales de cine y demás premiaciones con su más reciente película, ‘The Shape Of Water’, con un elenco llamativo conformado por Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Octavia Spencer y Doug Jones, el actor que encarnó a su memorable fauno del Laberinto, de nuevo aquí para darle vida al personaje fantástico de esta historia. La película llegó a las salas de cine mexicanas con el precedente de haber ganado el León de Oro a la mejor película en Venecia y el Globo al mejor director para Del Toro. Por supuesto, es bien sabido que la fantasía, el terror y la ciencia ficción son los géneros en los que el director mexicano se ha consolidado como todo un referente generacional durante al menos los últimos veinte años Sin duda, ha sido todo un ejemplo como artista en el medio hollywoodense, siempre manteniéndose en su espacio creativo natural, sin necesidad de hacer películas diferentes para conquistar a la crítica. ‘The Shape of Water’ nos relata una historia en los albores de los años sesenta, en plena Guerra Fría, donde, Elisa Esposito, una joven mujer muda (Sally Hawkins), que se encarga de la limpieza en un centro de investigación científica de los Estados Unidos, se encuentra con una criatura anfibia que llenará con una perfección mística sus vacíos de afecto. Por supuesto, sus intereses y sentimientos van en contra y en concordancia con los de otras personas, lo cual deriva en un thriller de la fantasía, con visos de horror característicos de Del Toro.

‘The Shape Of Water’ empieza con un recorrido por las profundidades acuáticas, en lo que parece ser una antigua ciudad sumergida, hasta que nos encontramos con Elisa despertando de su sueño en el sofá de un apartamento. Esta primera escena marca el concepto completo de la película: estamos sumergidos en realidad en un fondo acuático, probablemente marino, en una ciudad del pasado, cubierta por la nostalgia y la melancolía de Guillermo del Toro, con luces que se cuelan poéticamente por la superficie, colores tristes y una cámara que flota siempre, perceptible o imperceptiblemente, llevándonos también a la deriva, con la obligación de someternos a la flotación. El tema de la película es evidentemente muy antiguo, siempre lo hemos tenido presente. Es la encarnación que tiene como padres al romance y al terror, la historia del monstruo y la doncella, la copulación de los outsiders. La literatura, y el cine por consecuencia, han tratado este asunto en célebres ocasiones. Drácula, La Bella y la Bestia y King Kong son solo unos ejemplos de diversos matices. ‘The Shape Of Water’ es la visión de Del Toro al respecto, siempre con su mirada melancólica y poética, con todos esos detalles de terror natural, vinculados especialmente con lo orgánico: las heridas de bala, la putrefacción, los animales depredados. La sangre flotando en este gran acuario cinematográfico pareciera el símbolo más elocuente de esta idea, con ese color escarlata penetrante y la cadencia de los líquidos mezclados. El grupo protagónico está liderado por mujeres y siempre con outsiders: Elisa, la discapacitada, Zelda (Octavia Spencer), la mujer afroamericana de aquel entonces; Giles (Richard Jenkins) el frustrado artista homosexual, el animal monstruoso torturado y el científico (Michael Stuhlbarg), práctica y tristemente un proscrito en la actualidad. Es refrescante pensar que Del Toro no piensa en este abanico de personajes por compromiso con la corrección política, sino porque realmente se considera uno de ellos, y esto puede decirse por la simple y contundente referencia de su filmografía. Hace poco hizo referencia en una entrevista a su mexicanidad, a su pertenencia a la otredad de Octavio Paz.


Por supuesto, para quienes son discriminados, una de las salidas más atractivas es lo pagano, con toda una figura para adorar, imponente, proveniente de otro mundo, mágica. ‘The Shape Of Water’ tal vez no sea un clásico, ni siquiera una novedad de fondo, pero sí será una película siempre acogedora para refugiarse, como suele serlo el cine de quien a todas luces es un legítimo autor.