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sábado, 29 de agosto de 2020

La exclusión gringa de ‘The Big Leboswski’ y las profundidades estadounidenses de los Hermanos Coen

The Dude is back – but is Jeff Bridges about to pull the rug from under us?  | The Big Lebowski | The Guardian


La generación de cineastas independientes que surgió en los años ochenta  en los Estados Unidos tuvo que sobrevivir en la boca del lobo, en la plena explosión del corporativismo de los blockbuster en la industria del cine de ese país. Jim Jarmusch fue el encargado de entregar manifiesto, con su ‘Stranger Than Paradise’ (1984) y a él se unieron otros cineastas como Spike Lee y el mismo Tarantino, que también se alimentaron de la desilusión juvenil de los años setenta, con una cultura que hervía en los suburbios. Pero probablemente en esa generación quienes continuaron más claramente el legado de ese cine gringo que miraba al fondo de la gran extensión de Estados Unidos fueron los hermanos Ethan y Joel Coen, quienes consolidaron una de las duplas de directores más influyentes de la historia del cine, con guiones impecables y dándoles voz a esas masas incalculables de outsiders que no encajaron en un modelo que más que económico fue un modelo de vida. Una de las películas más importantes de los hermanos Coen, con las que se anotaron uno de sus hitos generacionales, tal vez el más importante de ellos, fue ‘The Big Lebowski’ (1998), en donde construyeron un personaje que representaba de cuerpo entero las nuevas soledades de la modernidad; la de un auténtico proscrito por el avasallante desarrollo económico de Estados Unidos. The Dude (Jeff Bridges) es un hombre de edad mediana que no se sujeta a ningún plan, a ninguna finalidad, que solo tiene como motivación jugar a los bolos con sus dos amigos, también apartados del mundo, Walter (John Goodman), obsesivamente apegado a las reglas y traumado por Vietnam con oleadas de violencia que no puede controlar, y Donny (Steve Buscemi), silencioso y casi imperceptible pero indispensable. The Dude es confundido con ‘El Gran Lebowski’, un millonario discapacitado a quien querían extorsionar por la vía del secuestro de su joven esposa. Su tapete resulta directamente vilipendiado por los criminales y The Dude encuentra un objetivo firme en la dignidad que implica restituirlo, cayendo envuelto en una trama de criminales experimentados de la que tendrá que sobrevivir.

 

‘The Big Lebowski’ es la síntesis de todas esas identidades que terminan aisladas de cualquier tipo de núcleo institucional en la sociedad, empezando por la familia, hasta el borde de la pérdida total de la identidad. Se trata de todas esas personas que deambulan por Estados Unidos y por el mundo sin poder ser adaptados ni adoptados por ninguna corriente de pensamiento, por ninguna institución. Esa libertad conserva una aura romántica como todas las libertades, pero también implica el abandono social extremo, la pobreza, la soledad más profunda, de tal forma que casi como un mecanismo de defensa es necesario reunirse con otros outsiders, con otros underdogs, con los cuales incluso hay que hacer equipo para encontrar la estima necesaria para sobrevivir emocionalmente. El guion de los Coen se alimenta consistentemente de una comedia furiosa, que se apoya en cada personaje como lo que es: el eje de un vicio social, de un desencuentro, de la incapacidad de hallarse en el mundo. La película está llena de música que recoge esa necesidad de pertenencia incesante, desde el bebop de Duke Ellington hasta el rock proletario de Creedence, señalando a este asunto como uno de los temas enraizados en la cultura estadounidense, aquel que tiene ver con la identidad como un auténtico bien para cada ciudadano. Las fantasías de The Dude, ya tengan origen en sus experiencias alucinógenas, en la violencia de la que es sujeto o en su deseo profundo, expresan la humanidad siempre vigente de quienes en gran medida nunca abandonan su infantilidad, porque a fin de cuentas nunca pudieron cruzar por la vida sin carencias tan diversas como el propio país. A fin de cuentas, lo que queda es reunirse alrededor del fuego, a pesar del acecho constante de la muerte.

sábado, 6 de junio de 2020

El western fraterno de los hermanos Coen y el encuentro de soledades de ‘True Grit’


En los años ochenta, cuando Hollywood se robustecía en las mieles del corporativismo, con blockbusters que devoraban todo a su paso, un grupo de valiosos cineastas independientes surgió en Estados Unidos, con la inspiración de aquella generación histórica surgida de la contracultura sesentera y ellos mismos alimentados por una nueva contracultura que surgía en los fondos de las grandes capitales. Dentro de ese grupo, apareció una mancuerna de hermanos que, como sus contemporáneos, como sus antecesores en la independencia setentera y como muchos próceres del Hollywood de oro, abrevaron de las profundidades de un país multicultural y se refirieron a la vida de todos aquellos que no precisamente brillaban en sociedad, de aquellos separados de los reflectores que se multiplicaban a lo largo y ancho del territorio estadounidense. Los hermanos Ethan y Joel Coen han revaluado el escenario de esos personajes y a muchos los han convertido en auténtica mitología cinematográfica de la modernidad. Hace diez años, en el terreno del western, donde son peces en el agua, entregaron ‘True Grit’ (2010), remake del clásico del género con el mismo nombre, dirigido por Henry Hathaway y protagonizado por un John Wayne crepuscular y siempre icónico. El remake de los Coen se llevó diez nominaciones a los premios Óscar. ‘True Grit’ nos cuenta la aventura de la adolescente Mattie Ross (Hailee Steinfeld), quien está decidida a hacer justicia por el asesinato de su padre a manos de Tom Chaney (Josh Brolin), un vulgar forajido errante de la región. Decide contratar los servicios Rooster Cogburn (Jeff Bridges), un cazarrecompensas tan famoso por su eficiencia como por sus vicios. Aparece también LeBeouf (Matt Damon), un ranger de Texas que están en busca de Chaney por asesinar a un senador en esa ciudad.

 

Pocos cineastas en el mundo tienen la destreza para bordar personajes y trama simultáneamente como lo hacen los Coen y aquí con el eje en Mattie, quien va despuntando sobre los hombros de una rebeldía cada vez más valiente, van instalándose Cogburn (con una interpretación espectacular de Bridges) y Lebouf, hasta que se presenta después este monstruo de tres cabezas disímiles que se enfrenta a la legendaria supervivencia violenta del salvaje oeste. La fotografía de Roger Deakins construye constantemente el fondo de un escenario silvestre sobre el cual se plasma cada escena, cruzando la noche, los ríos y las extensiones nevadas. El diseño sonoro de Craig Berkey explora con gran virtuosismo ese encuentro constante entre el pueblo y el campo, espacios concentrados y liberados alternativamente. La exploración profunda en el encuentro sumamente frecuente de diversas soledades es todo un tema en la filmografía de los Coen, en grandes películas como ‘Raising Arizona’ (1987), ‘Fargo’ (1996), ‘The Big Lebowski’ (1998) y varias más. Ese encuentro de individualidades, ese respaldo implícito sirve para sobrellevar la vida, para subsistir en medio de un contexto enajenante, de aislamiento, en donde la desconfianza es un mecanismo de verdadera autofagia. Cogburn ha construido con esmero su impiedad, su fama de animal asesino, y solamente Mattie tiene la facultad de convertirse en la razón de ser para que se transforme en personaje épico, en héroe para la memoria firme de una futura mujer curtida por esa adversidad. Y en medio LeBouf, erigido como el catalizador de diferentes odios en diferente etapa de crecimiento, con un pie puesto en la practicidad necesaria para salir vivo y el otro en la lealtad crucial par ano resultar muerto. Ethan y Joel Coen saben muy bien recabar en la sustancia del western para limpiar del polvo esa solidaridad que puede ser corta pero definitiva, esa concordia que ayuda a cruzar el río turbulento, que tal vez sirva solo para escapar, pero que también sirve para conseguir razones para ponerse de pie.