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sábado, 7 de septiembre de 2019

La prisión humana de ‘High Life’ y el pensamiento poético de Claire Denis

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Claire Denis es una de las mujeres cineastas más importantes en toda la historia del cine. La directora parisina ha construido una filmografía que no solamente se refiere a los temas feministas, sino que ha extendido su mirada a la condición humana completa, a la presencia misma del ser humano en el mundo que ha construido. En su obra se destaca especialmente la intensa y profunda ‘Beau Travail’ (1999), todo un clásico del cine y una de las miradas más impresionantes de la mujer a la masculinidad. En 2017, Denis causó buen impacto con ‘Una bella luz interior’, de paso exitoso por el Festival de Cannes de aquel año. Su más reciente película se titula ‘High Life’ (2018) y para ella reclutó a Juliette Binoche y a Robert Pattinson. Cuenta la historia de una misión espacial de tripulación conformada por conejillos de Indias sacados de reformatorios, hospitales psiquiátricos y algunos a quienes se les presenta como una segunda oportunidad después de haber cometido un delito o de ser considerados un fracaso. En este escenario especulativo y repleto de condición humana en ebullición, empieza a progresar un proceso que podría considerarse biológico hacia la autodestrucción.

La ciencia ficción se presenta como una alternativa inmejorable para explorar asuntos de este tipo que van directo a la inviabilidad de las sociedades a causa de la condición humana siempre compleja, destructiva e intensa. Aunque es una película esencialmente existencial, como podría decirse de ‘2001: A Space Odissey’ (1968), de Stanley Kubrick, en realidad está mucho más cerca de los ejercicios de ciencia ficción de Tarkovsky: ‘Solaris’ (1972) y ‘Stalker’ (1979). En ‘High Life’, esa textura afectada por la naturaleza, característica en Tarkovsky, está vinculada estrechamente con la situación aquí planteada y sirve como medio para expresar el proceso ampliamente científico y casi biológico que lleva a la degradación completa de la vida misma. Monte (Robert Pattinson) es el asceta que se enfrenta a su propia naturaleza que se acentúa en el encierro para todo el grupo, para utilizar su propia filosofía como un medio de subsistencia, para ponerse a salvo a sí mismo tanto como sea posible. Ese planteamiento hace de la película una pieza fundamental para integrar a las amplias discusiones sociales con respecto al futuro del mundo. A fin de cuentas, se trata de aprovechar el cine para que podamos adentrarnos en un pequeño modelo de la sociedad y plantear una nueva perspectiva con respecto a la forma en la cual nos asumimos como seres sociales.

La película rompe naturalmente con la línea temporal y nos lleva al futuro y al pasado de tal forma que progresivamente vamos integrando la trama, a medida que las emociones se van activando cuando vamos yendo al fondo profundo de los asuntos que hierven y poco a poco emergen a la superficie. La doctora (Juliette Binoche) ejerce como una chamana racional y obsesiva, con ética discutible, que es quien activa los hilos de los acontecimientos que se detonan y se expanden como un gas venenoso que termina por embriagarlos a todos, víctimas de sus propios instintos, de la naturaleza que crece sobre ellos y los cubre en un naufragio cada vez más irreversible. La producción es modesta para el género de la ciencia ficción espacial, pero la dirección está orientada hacia los planos cerrados, de tal forma que así se va elaborando meticulosamente una atmósfera muy eficiente, con base en la interacción y en la presencia de los personajes mismos en los espacios reducidos. Se trata de una película que está más en función del pensamiento que de las emociones. Su belleza radica en la poesía de ese ejercicio reflexivo profundo que Claire Denis tiene la capacidad de construir de forma extensa, en espacios y tiempos ágiles y abarcables que nos acogen con tranquilidad, que nos dan todo el margen necesario para entrar en la experiencia, para sentir ese pensamiento profundo y ponerlo en función de considerar el extenso asunto que debemos enfrentar. Un asunto que parte desde nuestra simple individualidad y cubre la extensión física del mundo y el universo. El modelo de Claire Denis resulta placentero en ese ejercicio vital.

viernes, 12 de enero de 2018

La naturalidad atmosférica de Claire Denis y la reflexión sobre la libertad de ‘Una bella luz interior’



Cuando se trata de hablar de cine hecho por mujeres, una de las figuras de obligada referencia es la parisina Claire Denis, quien con una nutrida producción, que abarca documentales e incluso televisión, ha logrado situarse en un pedestal muy alto, especialmente por la potencia de su obra, en la que destaca sin duda alguna la conmovedora y potente ‘Beau Travail’, todo un clásico del cine europeo en los últimos treinta años. Denis no ha parado nunca de hacer cine durante los últimos treinta años y su más reciente película se titula en Latinoamérica ‘Una bella luz interior’ (‘Un beau soleil intérieur’ 2017), está protagonizada por la inextinguible Juliette Binoche y se basa en el libro ‘Fragmentos de un discurso amoroso’, del celebérrimo pensador Roland Barthes, en donde recolecta lo que podría considerarse literariamente como fotografías instantáneas en la vida de un amante. Claire Denis traslada esta idea a su propia visión femenina sobre una artista plástica francesa madura, Isabelle, encarnada de forma especialmente aguda por la Binoche. Así pues, sin quedarnos para observar el desarrollo de una historia formal, estamos invitados a presenciar un segmento diciente en la vida de esta mujer particular y también común, de forma muy especial.

Claire Denis tiene una elegancia estilística que sin duda la ha impulsado como a nadie, con una percepción aguda para el montaje sobre el plano, para la reconstrucción de la composición sobre la misma imagen, sin duda con un instinto pictórico que pocos pueden ostentar. Es una cineasta que sabe transmitir con ese estilo muy fino unas emociones contundentes, que tiene la capacidad de ponernos en un ámbito que nos emociona, que nos toca, que nos involucra en toda una aventura emotiva. ‘Una bella luz interior’ no es la excepción. En esta película, Claire Denis nos introduce plácidamente en los espacios que habita esta mujer encantadora que persigue el amor como si de burbujas de jabón se tratara, con una honestidad que resulta incluso enternecedora, mientras frente a ella van pasando modelos de la masculinidad defectuosos, con diversos matices de culpabilidad, que simplemente tocan su vida y pasan de largo.  La película parece decirnos que la soledad no es un asunto exclusivo de estos tiempos que se viven en la superficie, en las pieles, sino que es un asunto que es inherente a la humanidad, especialmente cuando se trata del afecto, cuando está además vinculado el azar y la dificultad implícita de las relaciones mismas. Hay una desconfianza que no requiere de demasiada provocación para salir a la superficie y la imposibilidad de contener la gran capacidad de herir al otro termina definiéndolo todo en la vida de una inmensa cantidad de personas en el mundo.

Denis tiene la habilidad de tomar la obra de Barthes y ponernos frente al asunto filosófico de fondo, haciendo uso de un lenguaje cinematográfico especialmente versátil, como es la característica usual de su estilo. Los significados resultan ser fundamentales en el proceso, algo que resulta lógico para alguien especialmente dedicado a la semiótica como Barthes. Denis sabe interpretar esto con maestría y puede constatarse en la habilidad de sus diálogos, que funcionan como un complemento atmosférico para la construcción de un escenario especialmente tangible para quienes somos espectadores. Lo que finalmente expresa la verdad y el inmenso dolor que está detrás de estos asuntos son los silencios, las miradas, los gestos y la intensidad que está ejemplarmente transmitida por actores muy diestros en su tarea, con un desempeño especialmente intenso y lleno de matices de Juliette Binoche, quien funciona perfectamente como el vehículo femenino que utiliza la directora parisina para expresar su interpretación de la obra de Barthes. Esto evita que la película se quede en el melodrama, que lo transite con sutileza, que cruce por la comedia con agilidad y que establezca esta especie de tragicomedia emocional de la modernidad que no es pretenciosa pero sí exquisita y acogedora.