jueves, 13 de agosto de 2026

El hombre solo de Claude Lelouch y la mujer herida de ‘Un hombre y una mujer’


Además de la legendaria saga de Antoine Doinel, de François Truffaut, otra historia que se plantó en medio de los prodigiosos años sesenta del cine francés fue la trilogía de ‘Un hombre y una mujer’, de Claude Lelouch. Se trata de la historia de un amor transformado pero inextinguible que atraviesa los años. Efectivamente suena a algo muy parecido a la afamada trilogía ‘Before’, del texano Richard Linklater, y no es casualidad porque es bien conocida la influencia del cine francés, especialmente el de este periodo, en el cine de Linklater. La trilogía de Lelouch empieza con ‘Un hombre y una mujer’ (1966), que cuenta el génesis de la extensa historia de amor entre Anne (Anouk Aimée) y Jean – Louis (Jean – Louis Trintignant), dos viudos recientes y aún jóvenes que se conocen recogiendo a sus respectivos hija e hijo de la escuela. Anne es una actriz que acaba de perder a su esposo en un accidente laboral: un doble de acción que no ha sobrevivido a una suerte especialmente riesgosa. Por su parte, Jean – Louis es un piloto de automovilismo que sobrevivió a un accidente en el que prácticamente se le dio por muerto, a diferencia de su esposa, que creyendo un hecho el peor desenlace posible, no pudo soportar el dolor y optó por el suicidio. Todavía con la herida abierta de un duelo intenso, Anne y Jean – Louis se encuentran para que el amor sirva de cura para la muerte que se ha asentado en su vida. 

Lelouch construye la película desde la naturaleza misma del pensamiento. De la percepción. Evidentemente, por el trauma fresco del duelo, los dos protagonistas constantemente viajan con su pensamiento a las memorias felices que se han tornado dolorosas en un lapso especialmente corto. Es la representación de un estado mental profundamente doloroso que contrasta con la curiosidad y la alegría espontánea de una nueva conexión amorosa. Asimilar el golpe brutal de dos muertes traumáticas que a los dos amantes de esta nueva historia los atraviesa de una forma especialmente dolorosa y que se hace convulsa en la combinación inevitable con un nuevo enamoramiento. Es decir, a medida que avanza una conexión que se expresa en la interacción más simple y natural, y también en las conversaciones que progresivamente se hacen más profundas. Por supuesto, el surgimiento del amor en este contexto todavía traumático genera toda una crisis ética y moral que atraviesa profundamente a los dos seres humanos que se encuentran. Como si fuera un azar incluso cruel que despierta un sentimiento amoroso sobre el terreno desolado del trauma y del duelo. Así es como Lelouch, entre el color, el blanco y negro puros y el sepia, representa esta transición entre el presente, el pasado doloroso y la embriaguez del enamoramiento. Además, este recurso no solamente funciona para expresar ese cambio en la sensibilidad, sino que además desestructura la narrativa misma para irnos revelando retrospectivamente la verdad que va emergiendo también para cada uno de estos amantes sobre sus nuevos compañeros. 

Lelouch instala en el romance como género la desestructura transversal de la Nueva Ola Francesa para pensar seriamente en una nueva perspectiva de los géneros mismos; en este caso, del romance. En su película, como lo será en toda la trilogía, el amor es trascendente y desde lo espiritual se presenta como un sentimiento profundo que transforma la vida de los seres humanos, incluso cuando están atravesados por una pérdida extremadamente dolorosa, la del ser más querido a manos de la muerte. El amor es aquí un bien supremo, y se presenta como un mecanismo de salvación que puede ser doloroso pero también trascendentemente reparador. 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario