Uno de los momentos fundamentales en la historia del cine (y de la cultura en el siglo XX) se dio con la profunda respuesta del arte japonés tras el traumático final de la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, se fortaleció y propulsó de forma deslumbrante la obra de varios cineastas que terminarían por inscribirse entre los más influyentes en la historia del cine. Basta con mencionar a auténticos genios como Kurosawa, Ozu, Mizoguchi, Naruse o Kobayashi. En ese contexto, surgió la llamada “trilogía samurái”, de Hiroshi Inagaki, basada en una legendaria novela ‘Muyashi’, de Eiji Yoshikawa, que a su vez se basa Miyamoto Musashi, autor de ‘El libro de los Cinco Anillos’, sobre kenjutsu y artes marciales. Esta trilogía representó una de las grandes conquistas del cine japonés en el ámbito de la industria y, al mismo tiempo, en el contexto de la reconstrucción histórica en la búsqueda de la memoria para comprender las circunstancias dolorosas de aquel momento en específico. Uno de los impulsos fundamentales de la saga es la participación de Toshiro Mifune, el actor fetiche de Akira Kurosawa, quien protagoniza las tres películas. La primera de ellas ‘Samurái I: Musashi Miyamoto’ (1954), que nos instala en el devenir de la escapada de Takezo (Mifune) y Matahachi (Rentarö Mikuni), quienes encuentran refugio con una viuda y su hija, sin conocer del todo a quiénes están vinculadas. A partir de este punto, no solamente se lanzarán al azar las relaciones mismas entre estos cuatro personajes, sino que además todo entrará en una deriva propia del caos de la guerra. De los riesgos a los que están lanzados estos personajes, especialmente Takezo, un guerrero no solamente fuerte y valiente, sino noble y ético extraordinariamente.
Kenji Mizoguchi planteó muchas veces el tipo de deriva que expresa el devenir violento de la guerra. Así lo hizo en ‘La vida de Oharu’, ‘Los cuentos de la luna pálida’ (1953) y ‘El intendente Sansho’ (1954), en donde los personajes terminan lanzados a una disputa por la supervivencia que se vuelve toda una constelación de amor, odio, violencia, ternura y cualquier tipo de emoción intensa. Así lo plantea aquí también Inagaki, desde una perspectiva más grandilocuente, como si se tratara de un relato épico en el que se construyera la narrativa de todo un mundo. De la misma forma, recuerda circunstancias en las cuales repararía constantemente Howard Hawks cuando se lanzaba al western, especialmente en películas como ‘El Dorado’ (1966) o ‘Río Lobo’ (1970), en donde los hombres se encuentra con las mujeres y entran en la aventura de la supervivencia y la interdependencia para rehacerse de las adversidades profundas que implica todo un entorno. En el Cine de Oro mexicano, este tipo de conflictos intensos y triángulos amorosos entre diferentes generaciones también se expresó muchas veces, en películas como ‘Las abandonadas’ (1945), en la cual, igual que aquí, Dolores del Río encarna a una madre esencialmente enloquecida por su pasión romántica, incluso llegando a ver a su hija como una rival romántica. Pero la inmensa particularidad aquí es la del personaje de Takezo, encarnado con una elegancia particular por Toshiro Mifune, quien demuestra una increíble solvencia en los lances propios del samurái, mientras que al mismo tiempo, hacia los adentros de su propio personaje, en una introversión profunda, reservada por la dignidad, por una decencia inquebrantable, y por un amor profundo por el cuidado, por la amistad, por un resguardo solidario constante hacia aquellos ante los cuales intuye que necesitan de su compañía. Sin embargo, todo esto no lo libra de la soledad.