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sábado, 30 de marzo de 2019

El espíritu de Dumbo y el extravío de Tim Burton

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Si se piensa en directores generacionales, uno de los primeros nombres que aparecen en la memoria es el de Tim Burton. El director californiano se instaló en una posición intermedia entre el nacimiento de los grandes blockbusters encabezados por monstruos de la industria como Spielberg, Lucas y Zemeckis y la muy atractiva oleada de cineastas independientes liderada por Jarmusch, los Coen, Tarantino y otros. Burton logró convertirse en una figura particular, con su estética oscura, apoyada en la extensa tradición del terror y en la estética decimonónica con el aroma de Poe siempre presente. La filmografía de este emblemático autor marcó a un par de generaciones al menos durante veinte años de títulos destacados, desde ‘Pee-wee’s Big Adventure’ (1985) hasta ‘Sweeney Todd’ (2007), pasando por diversos géneros, incluyendo siempre su terror juguetón, pero también el melodrama, las aventuras, la comedia, la fantasía, la ciencia ficción y más. Durante los últimos diez años aproximadamente, el cine de Tim Burton parece haber entrado en un limbo. A duras penas se ha destacado la concreción como largometraje de uno de sus primeros cortometrajes ‘Frankenweenie’ (2012) y por lo demás toda una colección de fallos. Uno de los estrenos más prometedores de este año era ‘Dumbo’, la adaptación de Burton a la historia del entrañable elefante de orejas inmensas que Disney convirtió en un hito del cine de animación. La combinación Dumbo – Tim Burton resultaba más que atractiva. Los dos elementos tienen en común esa melancolía del siglo XIX.

Burton toma algunas decisiones especialmente inteligentes al abordar la película. Decide distanciarse suficientemente del clásico de Disney, que sin duda alguna es imbatible en la memoria colectiva, y acercarse lo más posible a su distintiva estética, aprovechando el contexto decimonónico en el cual se desarrolla la historia. Desde esa perspectiva, el diseño de producción es impecable, para todos los personajes, para todos los escenarios, pasando por los vestuarios, los efectos visuales y por supuesto el mismo Dumbo, que está construido de forma particular para integrarse en la perspectiva actual. La distancia que toma Burton tiene que ver también con la trama. Holt Farrier (Colin Farrell), amaestrador de caballos, regresa de la guerra a su hogar en el circo, sin un brazo, y se reencuentra con sus dos hijos pequeños, Milly Farrier (Nico Parker) y Joe Farrier (Finley Hobbins), quienes han quedado huérfanos tras la muerte de su madre, la esposa de Holt. Max Medici le ofrece un puesto de quinta atendiendo a los elefantes, pero con el carácter especial de atender a su nueva adquisición, la gran elefanta Jumbo, preñada y a punto de dar a luz. La cría resulta ser un elefante de orejas descomunales que es rechazado, pero que en la privacidad, frente a los niños, demostrará dotes fantásticas. Por supuesto, viene el melodrama tradicional, con un eco especial en el animalismo que está tan bien posicionado en estos tiempos.

La disposición de los elementos parece idónea para que Tim Burton regrese por fin del extravío. Para que su carrera se vuelva a encarrilar con todo un clásico generacional que lo ponga en la memoria de esta generación. Pero no sucede así. La oportunidad se ha desperdiciado. De forma increíble, Burton deja que la luz exasperante de la corrección política arruine su perspectiva oscura y la de sus personajes. Sus protagónicos nunca tienen ese matiz oscuro y melancólico de los freaks que convirtió en paradigmas. Sus villanos se diluyen en medio de un marasmo de mediocridad y nunca adquieren esa deliciosa tonalidad de niños caprichosos y berrinchudos que siempre tuvieron. Ni siquiera contando con Michael Keaton y Danny DeVito, los polos boreales de su excelente ‘Batman Returns’ (1992), puede encontrar el punto exacto de su pócima encantadora. Por momentos se perciben sus encantadores monstruos y fenómenos de caravana victoriana, pero son solo sombras y se evaporan tristemente. A fin de cuentas, aunque trató de eludir el clásico de Disney, el Dumbo del 41 es más melancólico y oscuro.

viernes, 23 de marzo de 2018

El misterio perverso de Roman Polanski y la ficción delirante de ‘Basada en hechos reales’

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Roman Polanski no se detiene en la creación cinematográfica. El octogenario cineasta francés sigue alimentando su legado desde Europa, en su país natal. Polanski, como es bien sabido, es una de las figuras más importantes en los últimos cincuenta años del cine a nivel mundial, con una serie de clásicos muy bien conocidos que han marcado diferentes décadas. Polanski no tiene ya nada que demostrar, pero sigue ahondando en las fascinantes oscuridades de la condición humana. Su más reciente película es ‘Basada en hechos reales’, escrita a cuatro manos con su notable coterráneo Olivier Assayas, adaptación de novela homónima de la escritora también francesa Delphine de Vigan, una de las figuras más importantes de este siglo en la literatura gala. ‘Basada en hechos reales’ cuenta la historia de Delphine Dayrieux (interpretada por la esposa de Polanski, Emmanuelle Seigner), una escritora muy exitosa que se encuentra con una admiradora especialmente atrayente, Elle (Eva Green), quien logra llamar particularmente la atención de Delphine y gradualmente se va introduciendo en su vida hasta instancias insospechadas.

En este punto, queda planteada la situación característica de una larga lista de películas de Polanski, en donde la condición humana queda a la deriva de su lado más oscuro, de su perversidad propia, de las pulsiones sexuales extendidas en una relación extensa, en donde se destacan obras como ‘El bebé de Rosemary’, ‘Chinatown’, ‘El inquilino’, ‘Luna amarga’, ‘La muerte y la doncella’ y más recientemente ‘El escritor oculto’. El mecanismo de Polanski para desarrollar este misterio exquisito, tan clásico de él, es el thriller psicológico, donde sin duda es una de las figuras más importantes, con mejores resultados a lo largo de la historia. Aquí empieza a construirse una codependencia incisiva, que se extiende poco a poco, con una escritura especialmente destacada y transiciones hacia el sueño que resultan novedosas en Polanski, especialmente atractivas en escenarios bien construidos, con un aura terrorífica. El problema en este caso en particular es que la construcción del vínculo delirante entre los dos personajes es lento, no especialmente convincente y con inconsistencias, con espacios para la incredulidad frente al desarrollo de la situación. Probablemente carece de un hecho específico que justifique esa vinculación entre los dos personajes, que sirva de plataforma de lanzamiento para las pasiones obsesivas que Polanski domina con absoluta exquisitez, en un perfil fascinante de su filmografía.

Afortunadamente, cuando se desenvuelve el misterio, cuando el thriller llega al punto álgido, podemos ver al menos unos cuarenta minutos del mejor Roman Polanski, del más atractivo. La muerte se asoma por la ventana en escenarios intangibles propios del terror, como sucede muy particularmente con ‘El inquilino’, también con visos contundentes de terror psicológico, con voces ahogadas, cuerpos temblorosos y sudorosos, afectados, expuestos al delirio obsesivo, dentro de un vacío especialmente atmosférico, como si las pesadillas se hayan tomado la realidad. La vorágine emocional es intensa y va hasta las últimas consecuencias, de tal forma que después del suspenso intensivo llega la sorpresa tan referente a ‘El inquilino’, una de las películas más hermosas de Polanski, que la nostalgia no puede controlarse en quien puede construir esa asociación. Por fortuna, las debilidades de la película se dan en un momento “propicio”, si es que eso se puede considerar. Los fallos se dan en donde menos daño causan y permiten una trayectoria ascendente que nos deja satisfechos al salir del cine.

Polanski es un personaje necesario para el cine en estos tiempos. Es un tipo polémico, con una historia individual que por sí sola es una aventura de la condición humana. Todo eso se refleja en su cine y las reflexiones que se derivan de la apreciación de su cine es nutritiva, importante, necesaria para los momentos que vive el mundo. La provocación es vital y Polanski siempre ha sido un gran abanderado.