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sábado, 12 de enero de 2019

La densidad aguada de ‘Aquaman’ y la asignación mediana de James Wan

Aquaman 2' greenlit for 2022 as we update our DC movies calendar | EW.com

El imperio de los superhéroes en el terreno de los blockbuster no se detiene y DC continúa en su carrera por recortar la ventaja que le ha tomado Marvel en los taquillazos generacionales. En el esfuerzo por completar las películas individuales de los héroes que conforman la Liga de la Justicia, el turno es para Aquaman, que se ha tomado las salas de cine del mundo en este cambio de año. La tarea se le encargó a James Wan, director malayo que ha sumado a su filmografía películas de buena recordación entre el público joven amante del terror, como ‘Saw’ (2004), ‘Insidious’ (2010) y ‘The Conjuring’ (2013). La historia de ‘Aquaman’ se refiere fundamentalmente al mito fundacional del cómic, desde el nacimiento del héroe, hijo de padre humano y madre atlantiana, hasta su ascensión como rey de la Atlántida. Por supuesto, el cómic tuvo que pasar por varias entregas para recorrer esa distancia que la película intenta resolver en 2 horas y 23 minutos de embutido. Por supuesto, las consecuencias son ineludibles.

La película utiliza recursos de transición en la edición de forma apresurada, tratando de hilar de forma sumamente artificial un relato que podría tener connotaciones interesantes que evidentemente se pierden. Aquaman es interpretado por Jason Momoa, quien ya había hecho su aparición en la escasa Liga de la Justicia y había surgido antes en ‘Game of Thrones’. Usualmente, se le encargan papeles en los cuales no se requiere más que dotar a sus personajes de sus características físicas, con un aditamento en su voz tontarrona y sus gestos infantiles. La verdad es que es casi tan artificial y superfluo como las cantidades industriales de efectos visuales que se le agregan a la película. En este caso, la complejidad narrativa del surgimiento del héroe, hace que la película siempre esté en una atmósfera caótica, que casi todos los cabos de la trama estén sueltos y que a fin de cuentas se le deje todo por completo a la espectacularidad efectista del CGI. Todo aquí es atropello, primero en la resolución mediana de un asunto con muchas aristas y luego en la entrega de un mar envenenado de impureza para un público que igual se lo bebe entero. Ni siquiera las actuaciones de Nicole Kidman y Willem Dafoe, actores sin duda alguna de calidad comprobada puede sostener la agitación insostenible que se mueve sobre sus cabezas.

Probablemente, las virtudes de ritmo y medida sean el mejor legado que el terror le haya dejado a James Wan, pero aquí es absolutamente imposible que haga uso de esas herramientas debido al atiborramiento de acontecimientos que se da en la película. El trabajo de Wan apenas puede mantenerse en pie para sostener una película que simplemente necesitaba de alguien con la capacidad técnica que dirigirla como se dirige el estacionamiento de un avión. La idea solamente consistía en posicionar ‘Aquaman’ pronto para perfilar rápidamente ‘La Liga de la Justicia’, en donde supuestamente entregarán su mayor apuesta cinematográfica. De forma más bien literal, se trata de conseguir un ingeniero que lleve a cabo la implosión de un edificio. Puede decirse que se trata de derrumbar la respetable y muy valiosa construcción de personajes que han recorrido generaciones en los cómics y que se crearon en un entorno absolutamente distinto, casi opuesto al actual, para un medio radicalmente diferente, con entregas periódicas que permitían comprender de mejor forma la vastedad de todo un universo. ‘Aquaman’ de James Wan es el tipo de película que, en su adaptación arbitraria, desgarra por completo la esencia original del asunto dramático, de la obra como tal. ¿Qué va a suceder con el legado de los cómics cuando su humanidad es reducida a cero y su trasfondo es prácticamente amputado para dejar a la vista solamente un personaje transformado en marca multimillonaria? Por lo pronto, se pierde progresivamente la textura mágica del superhéroe de cómic original. La asimilación de ese personaje en conflicto está cada vez más perdida en la vorágine destructiva de estos blockbuster.

viernes, 10 de noviembre de 2017

El encantamiento de ‘The Killing of a Sacred Deer’ y la armonía de Yorgos Lanthimos






















Yorgos Lanthimos tiene una carrera que ya abarca formalmente todo lo que lleva de recorrido el siglo XXI. Es una figura que ha ido creciendo notablemente en el panorama cinematográfico mundial hasta despuntar definitivamente con su particular ‘The Lobster’ (2015), ganadora del Premio del Jurado en Cannes y merecedora de una nominación en los premios Óscar por el guion. Lanthimos ha vuelto, ahora para sacudir el año 2017 con ‘The Killing of a Sacred Deer’, también con paso exitoso por Cannes, donde cosechó el premio al mejor guion. La película cuenta la historia de la familia Murphy, integrada por Steven (Colin Farrell), médico cardiólogo de prestigio que trabaja en una clínica de alcurnia; su esposa Anna (Nicole Kidman), ama de casa estilizada; Kim (Raffey Cassidy), adolescente consentida en ebullición y Bob (Sunny Suljic), el niño especialmente tierno en todas las acepciones del término. Steven opera a corazón abierto con excesiva confianza y especial negligencia. Pronto será sometido a rendición de cuentas por el hijo de unos pacientes, el trastornado y psiquiátrico Martin (Barry Keoghan, de extraordinaria actuación).

‘The Killing of a Sacred Deer’ es un ejercicio ejemplar de ensamble cinematográfico, de montaje integral y omnipotente. Lanthimos coordina perfectamente todos sus elementos para crear una experiencia altamente eficiente, sofisticada, muy profunda, con aristas diversas que tocan campos amplios, desde la crítica aguda al entumecimiento que se suele apoderar de familias acomodadas en las adversidades, hasta la reflexión compleja alrededor del sacrificio y el karma como principios regidores de la existencia misma. Para conseguirlo, Lanthimos se vale de una puesta en cámara excepcional, con elegantísimos acercamientos y distanciamientos que nos contextualizan perfectamente el cuadro entero. El trabajo de Thimios Bakatakis, el fotógrafo de cabecera de Lanthimos, es sencillamente exquisito, lleno de intuiciones solo comprensibles desde un ojo privilegiado, con la capacidad de capturar la luz de forma dramática y de retratar espacios y personas como presencias que se sienten por momentos espectrales. El diseño de producción de Jade Healy logra construir una identificación precisa entre diversos entornos, aportando sustantivamente a la atmósfera apabullante y desoladora de la película. La celebérrima ‘The Shining’ de Kubrick pasa constantemente por la memoria al exponerse a la experiencia audiovisual propuesta por Lanthimos. Por supuesto, el guion de Efthymis Filippou y el mismo Lanthimos es de una elaboración precisa, con dominio evidente del suspenso y el terror, construyendo monstruos y víctimas con gran eficacia y extendiendo la tensión hasta el punto máximo, con una intención cruel y al mismo tiempo deliciosa. La historia por momentos también rememora a ‘Prisoners’ de Villeneuve. No se puede dejar de mencionar el estremecedor score musical, desde las estridencias terroríficas de Gyorgy Ligeti hasta piezas corales de Bach y Schubert. Todo esto se condensa armónicamente en la edición de Yorgos Mavropsaridis, quien se solaza en los encantadores e hipnóticos planos para construir un mosaico muy funcional.

‘The Killing of a Sacred Deer’ es una película que demuestra las capacidades para armonizar de Lanthimos, logrando estructurar muy positivamente una experiencia memorable para el espectador perceptivo a las sensaciones audiovisuales. Es una película que nos expone a la incertidumbre, al misterio. Que nos acoge, nos acompaña y nos abandona en medio de espacios que se vuelven como prisiones a campo abierto. Colin Farrell y Nicole Kidman se intercambian de forma armónica la identificación del espectador y se integran casi coreográficamente a un modelo detallado cuyos engranes han sido armónicamente posicionados por el director griego. Esta es una película que cruza las sensaciones y las emociones con solvencia, hasta llegar a los sentimientos y los pensamientos, desde lo individual hasta lo colectivo, desde la intimidad hasta la universalidad de designios sobrenaturales.

jueves, 14 de septiembre de 2017

La sofisticación de 'The Beguiled' y la cima de Sofia Coppola


Sofia Coppola ha tenido una carrera simultáneamente particular y frecuente en el mundo del cine. Hija de su prominente y preclaro padre, todo un prócer en la historia del cine, Francis, creador de algunas de las obras más importantes del Séptimo Arte. Sin embargo, Sofia ha sabido cargar con este peso del apellido, evidentemente muy estimable. Para contrarrestarlo, una de las mejores acciones que ha tenido es la de diversificar sus apuestas, adentrándose en diversas tareas de la labor cinematográfica. Desde sus cameos en los celebérrimos Godfathers de su padre, pasando por sus esfuerzos en la producción, incluyendo sus aciertos en el guion (que incluso le valieron ya un premio Óscar), hasta su consolidación como directora, que sin duda se da con su más reciente película, The Beguiled. Para ello, decidió adaptar la novela ‘A Painted Devil’, de Thomas P. Cullinan, integrante del célebre subgénero de la novela gótica sureña, nutrido por históricos de la literatura estadounidense como Faulkner, Capote y Tennessee Williams. También reclutó un elenco muy destacado e intergeneracional, como lo reclama la historia, con Colin Farrell, Nicole Kidman, Kirsten Dunst y Elle Fanning. También podría considerarse esta película como un remake de la adaptación de 1971, dirigida por Don Siegel, quien para el reparto eligió a su fetiche Clint Eastwood para encabezar un reparto en donde también se encontraban Geraldine Page y Elizabeth Hartman. Una película sin duda menos visible que esta de Sofia Coppola.

‘The Beguiled’ está contextualizada en la Guerra de Secesión norteamericana, específicamente en el sur, en una casa en donde la pedagógica Miss Martha (Nicole Kidman) tiene bajo su cuidado a siete mujercitas que representan diferentes estados del desarrollo femenino, desde la niñez más tierna hasta la juventud algo desacelerada de Edwina (Kirsten Dunst), pasando por la ebullición adolescente de Amy (Elle Fanning). Una sinfonía de femineidad en un marco resplandeciente, con la luz del sol sureño se cuela entre las ramas de los árboles del gran jardín, mientras las bombas resuenan a la distancia, como si esta fuera una cápsula atmosférica. Inmediatamente viene a la memoria Days of Heaven, de Terrence Malick (1978), llena también de este clima embriagador y sensitivamente onírico. Todo empieza con la pequeña Amy (Oona Laurence) se encuentra un yanqui tirado en el piso, el cabo McBurney (Colin Farrell), un animal salvaje herido y por supuesto exótico en este medio. Convertida en bastón, lo lleva hasta la casa y allí Miss Martha decide darle asilo, recurriendo a sus responsabilidades de católica muy practicante. Por supuesto, la presencia de esta fuente desbordante de testosterona genera una reacción biológica incontrolable en este grupo humano que parece una ilustración decimonónica del desarrollo femenino. El animal tiene grandes poderes de seducción, está herido y reconoce muy bien las hormonas circundantes. Ahí es donde empieza la expansión de esta nube deliciosa de sensaciones, detallada muy sofisticadamente por una Sofia Coppola incisiva, observadora, que sabe de manos que se tocan, de roces, de miradas, de tensiones eróticas, en una disposición de manada salvaje. Las tensiones se transforman, los silencios se extienden, las ansiedades crecen, las incomodidades se fortalecen, el deseo y la vergüenza luchan sin descanso en el interior de los sexualizados. La animalidad agita las respiraciones y los riesgos son invisibles para todos. Las risas y risitas de los espectadores se van transformando emocionalmente en la sala de cine y son un deleite para quien vive la experiencia colectiva.

La mejor película de la Coppola. Lost In Translation (2003) está lejos de su complejidad. También Marie Antoinette (2006) está fuera de sus alcances. Más cincelada que Somewhere (2010). El cine de Sofia ya tocó alturas Coppola.