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jueves, 3 de agosto de 2023

La imaginación kafkiana de ‘Brazil’ y la ciencia ficción de Terry Gilliam


Para mediados de los años ochenta, la carrera de Terry Gilliam como director era ya considerablemente destacada, impulsada especialmente por las codirecciones de los largometrajes de Monty Python, ‘Monty Python and The Holy Grail’ (1975) y ‘The Meaning of Life (1983), junto a su tocayo y viejo compañero pythonesco Terry Jones. El gran proyecto de Gilliam era la trilogía de la imaginación, que había despegado con ‘Time Bandits’ (1981), que estaba cobijada por Handmade Films, la productora del exbeatle George Harrison, quien incluso había hipotecado su casa por ver realizada ‘Life of Brian’ (1979), tal vez la más celebrada película del legendario quinteto. La segunda entrega de la trilogía sería ‘Brazil’ (1985), una notable pieza de ciencia ficción, bordeada por el proceso kafkiano y con la participación de una buena cantidad de importantes actores y actrices que ya habían sido partícipes de ‘Time Bandits’, entre los que se cuentan Katherine Helmond, Ian Holm, Peter Vaughan y Jim Broadbent, Michael Palin (para más tono pythonesco), nada menos que Robert De Niro (que para entonces ya era el de ‘The Godfather’, ‘Taxi Driver’ y ‘Raging Bull’) y Jonathan Price en el papel protagónico. ‘Brazil’ cuenta la historia de Sam Lowry (Price) un burócrata de la distopía  que discrepa de la dictadura formal combatida por terroristas urbanos y en sus sueños es un héroe alado de armadura y espada que persigue a una hermosa mujer que flota en medio de velos traslúcidos y nubes (Kim Greist). 

En el mismo infierno burocrático y brutalista de Kafka en ‘El Proceso’, mismo que Orson Welles proyectó en 1962, Terry Gilliam inserta la ensoñación surrealista que siempre ha sido una marca indeleble de su estilo, con la posibilidad de que todo derive en el la dicha o en el horror, en los sueños mojados o en las pesadillas. Sobre la cuidada saturación de una sociedad llena de trámites imposibles y multiplicada por oficinistas, con el extraordinario diseño de producción de Norman Garwood  (quien ya había tomado la tarea no menor de dirigir el arte en ‘Time Bandits’), Gilliam construye toda una textura extensa, llena de gadgets y deshumanización, en donde las bombas terroristas explotan por doquier, matando como si nada, ante la apatía de los supervivientes, que solo sigue comiendo, comprando o socializando. En ‘Brazil’, como en ‘El Proceso’, los espacios son obstáculos, son piedras en el camino y el gigantesco samurái que se desvanece y reparece donde se le antoja se percibe sin estar presente, en los muros interminables, en las series infinitas de oficinas, escritorios y humanos en la producción en serie, en donde siempre hay que firmar papeles, estampar sellos en los documentos, enviar por los tubos los trámites para escapar de ellos. Sam deambula por este mundo, tropezándose, lanzado al azar incluso de la supervivencia, mientras todo se derrumba a su alrededor, en un terremoto o en una rapiña por el bien propio. Hasta que, como un haz de luz, aparece la materialización de sus sueños en la realidad, el amor mismo, en la carne de una integrante de las guerrillas urbanas, quienes finalmente lo rescatan de la insensibilidad y le dan la conciencia suficiente para notar como el mundo es un gigantesco aparato castrador de la imaginación. 

En la especulación esencial de la ciencia ficción, Terry Gilliam supo comprender el avance de la deshumanización y la búsqueda del amor, no como un sentimiento puramente romántico, sino justamente como aquel que promueve la sensibilidad en términos extensos. Pero la conclusión de su reflexión es decididamente escéptica y se remonta incluso a la locura para construir una visión de fondo que es profundamente pesimista con respecto a la naturaleza humana. 


sábado, 23 de junio de 2018

La farsa bíblica de Monty Python y la asombrosa vigencia de ‘Life of Brian’

13 Facts About 'Monty Python's Life of Brian' | Mental Floss

Monty Python lleva cincuenta años transformando la comedia televisiva con una farsa punzante exquisita, intelectual y siempre revolucionaria, que ha desafiado los límites constantemente, dentro de la cultura misma, de forma extendida, siempre con una obra imperecedera, que ha producido carcajadas y reflexiones sobre la sociedad, siempre con la misma intensidad. Su histórico paso por la televisión con la gran serie ‘Monty Python’s Flying Circus’ consiguió para ellos éxito de crítica y audiencia, de tal forma que pudieron embarcar proyectos cinematográficos específicos que continuaron con su legado. Para su tercera película, en 1979, decidieron arriesgarse a tocar un tema especialmente sensible, como siempre suele serlo la religión. Por supuesto, la presencia especial de la religión y la política en el guion de los Python generó dificultades especiales para conseguir la inversión necesaria para la producción. Afortunadamente, apareció al rescate el exbeatle George Harrison, a quien le encantó el guion e incluso hipotecó su casa para que la película se realizara. Los integrantes de Monty Python coinciden en decir que es el boleto más caro que se ha pagado para ver una película. ‘Life Of Brian’ nos cuenta la historia de Brian Cohen (Graham Chapman), un contemporáneo de Cristo, que nació en el pesebre vecino, hijo de una madre soltera especialmente vulgar. A los 33 años de edad, se ve inmiscuido progresivamente en los planes de un grupo fundamentalista que lo convierte en su propio Mesías.

Terry Jones, el director principal en las películas de los Python, se encargó también de la realización en este caso. De la misma forma, el protagonismo fue para Graham Chapman, el extinto Python y el guion fue escrito por todos en un formato de diversos sketches, con la historia de Brian como hilo conductor. Por supuesto, no faltaron las animaciones del legendario Terry Gilliam. Eric Idle se encargó de las canciones, en donde se destaca la espléndida ‘Always Look on The Bright Side of Life’, en una apoteósica escena de crucifixión. Todos ellos, junto a John Cleese y Michael Palin se repartieron los personajes en un ensamble extraordinario de judíos y romanos de diferentes castas y jerarquías. Terry Jones resuelve de forma eficiente estos sketches, permitiéndose construir islas como aperitivos, en donde podemos ver sketches desvinculados de la trama principal, pero simultáneamente construyendo un relato cinematográfico en el cual se favorece la comedia física y los diálogos absurdos y desternillantes del sexteto inglés, con cortes que permiten reforzar la situación, usualmente entre los planos generales y los medios. Evidentemente, los Python saben muy bien cómo desarrollar armónicamente el trazo escénico, con un entendimiento casi automático. Las voces, las posturas, las miradas, los gestos, las actuaciones, todo esto funciona espectacularmente en este colectivo que combina de forma espléndida al clown, al mimo, al saltimbanqui, al bufón, al histrión, al juglar, que recoge tradiciones enteras y con una alquimia única las transforma en algo único.

Lo más sorprendente de ‘Life of Brian’ es su increíble vigencia frente a la actualidad, en donde las posturas se hacen irreconciliables, en donde la corrección política se ha vuelto prácticamente ley y el conservadurismo disfrazado de incorrección está haciendo de las suyas. Resultan sorprendentes ciertos diálogos en los que, con el absurdo fársico que tanto han pulido los Python, se revelan palabras que parecen escritas en un cuartel político en Washington, ya sea de organizaciones ciudadanas o institucionales. Preguntarse si los Monty Python podrían existir y subsistir en el mundo actual nos revela un panorama verdaderamente preocupante con respecto a la libertad de expresión. Afortunadamente, la memoria que han creado juntos John Cleese, Graham Chapman, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin nutre especialmente el discurso libertario auténtico, estimula esa búsqueda de la libertad expresiva plena, que para cada quien debería ser objeto de revisión en algún momento de la vida.