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sábado, 13 de febrero de 2021

La traición mercenaria de ‘El compadre Mendoza’ y el entramado revolucionario de Fernando de Fuentes

















Tras la introducción contextual e histórica en el escenario de la Revolución Mexicana que representó ‘El prisionero 13’, Fernando de Fuentes emprendió de forma casi inmediata la segunda parte de su trilogía con ‘El compadre Mendoza’. Ahora, el extenso tríptico cinematográfico revolucionario viajaba a la provincia para describir los tejemanejes del poder entre las diversas facciones armadas de la confrontación. La película adapta un cuento de Mauricio Magdaleno, quien daba su primer paso en el mundo de cine, para convertirse poco después en uno de los guionistas emblemáticos del Cine de Oro. En la dirección, Fernando de Fuentes contó con la colaboración amplia de Juan Bustillo Oro, otra de las figuras en ciernes del cine mexicano, con quien además coescribió el guion. ‘El compadre Mendoza’ nos describe las actividades de Rosalío Mendoza (otra vez con Alfredo del Diestro), quien mantiene relaciones personales y de negocios con huertistas, zapatistas y carrancistas, de forma abierta y con éxito. Mendoza entabla una relación especialmente cercana con Felipe Nieto (Antonio R. Frausto), general del ejército zapatista, quien se convierte en el padrino del pequeño hijo que tiene con su joven esposa Lolita (Carmen Guerrero) y en un miembro más que cercano de la familia. Las tensiones, el misterio y la conspiración propias de la Revolución empuja a Rosalío a tomar decisiones que lo ponen frente a un dilema moral profundo. 

Como en ‘El prisionero 13’, el guion de ‘El compadre Mendoza’ se sustenta en una trama bien elaborada, con grandes elipsis que se refieren de fondo a un proceso histórico determinante. La brillante actuación de Alfredo del Diestro rememora la de Emil Jannings en grandes clásicos del Expresionismo Alemán y el Kammerspielfilm. Construye a un hombre repleto tanto de generosidad como de cinismo. Fuentes (y Bustillo Oro) pone como eje a Mendoza para que a su alrededor gire la Revolución con todo su ímpetu y en el trasfondo se pueden ver cuadros elaborados característicos de la estética misma de la época, con el fondo de la tradición, en donde las fiestas, la música y las costumbres se expresan de forma natural como base para el desarrollo de la trama. En ese esfuerzo, resulta fundamental la fotografía del estadounidense Ross Fisher (prolífico durante la Época de Oro), quien ya había fotografiado ‘El prisionero 13’ y aquí aporta considerablemente a las sensaciones específicas de cada escena, ya sea la fiesta que homologa a todos los bandos en su mexicanidad, la tormenta que anuncia la tragedia y el claroscuro propio del misterio, de las miradas en las que se adivina todo un mundo subterráneo que esconde amores y odios intensos. Fuentes, con la colaboración de Bustillo Oro, hace un énfasis especial en el bien conocido historial de conspiraciones y traiciones que atravesó la Revolución Mexicana, y a partir de ese evento histórico crucial para México, se convierte en un legítimo documento sobre la naturaleza de la guerra misma para todo el mundo. ‘El compadre Mendoza’ es la ‘Madre Coraje’ del cine mexicano y también deja una lección fundamental de obra didáctica brechtiana, poniendo el dedo en el renglón de la ruptura ética, del encumbramiento de un poder corruptor, en el que se desvanecen los principios ideológicos originales de cualquier causa. Ese mensaje, traído a nuestros tiempos, nos advierte sobre la ascensión de nuevos pactos siniestros que pescan en el río revuelto de lo que vivimos. Con una perspectiva todavía reciente de aquellos hechos, Fernando de Fuentes consolida una reflexión asombrosamente crítica e integral sobre los hechos acaecidos las décadas anteriores y sobre la devastación ética de la confrontación. Con la referencia de ‘El prisionero 13’, ‘El compadre Mendoza’ complementa aquella perspectiva urbana con una mirada rural que expresa con claridad las lacerantes inequidades que le dieron pie a aquel proceso tan relevante para México.  


sábado, 23 de mayo de 2020

El enredo cantinflesco de ‘Ahí está el detalle” y la comedia de clases de Juan Bustillo Oro

Foto de Ahí está el detalle - Foto 3 sobre 3 - SensaCine.com

En el marco de la definitiva y prolífica Época de Oro del cine mexicano, varios fueron los directores que se destacaron por impulsar la industria y el arte con una observación aguda de una cultura mexicana profunda y urbana en ciudades que crecían rápidamente, en la que se creaban escenarios particulares determinados por la distancia que se acrecentaba entre las diferentes clases sociales. Uno de estos observadores atentos fue Juan Bustillo Oro, uno de los más importantes directores y guionistas en ese periodo. En su obra se destacan grandes clásicos especialmente diversos como ‘El compadre Mendoza’ (1934), ‘El hombre sin rostro’ (1950), ‘Vino el remolino y nos alevantó’ (1950) y ‘Las aventuras de Pito Pérez’ (1957), protagonizada por Germán Valdéz ‘Tin Tan’. Pero probablemente la más importante película en la filmografía de Bustillo Oro fue ‘Ahí está el detalle’ (1940), una película que disparó la carrera de Cantinflas como una de las grandes figuras del sistema de estrellas de la Época de Oro. ‘Ahí está el detalle’, cuenta la historia de Cantinflas (con el mismo mote en la película), el novio de Paz (Dolores Camarillo), la criada de la casa, recibe la encomienda de matar al perro rabioso de la casa que empieza a ser amenazante con Cayetano (Joaquín Pardavé), el señor de la casa, quien por su parte cela de forma enfermiza a su esposa Dolores (Sofía Álvarez), quien es chantajeada por Bobby (Antonio Bravo), su expareja ahora criminal temido.

La comedia de enredos que plantea Bustillo Oro se centra fundamentalmente en los diálogos y los giros lingüísticos clásicos de la mexicanidad, terreno en el cual no hay nadie cercano a Cantinflas. Alrededor suyo se entrama todo un aparato dramático en el que giran los personajes alrededor de ese eje versátil de respuestas hilarantes que es Cantinflas. Por supuesto, la interlocución principal con Joaquín Pardavé permite construir de forma mucho más precisa el asunto de la diferencia de clases, el encuentro entre ricos y pobres, esta vez con el matiz irreverente de la comedia, con una mirada extensa a los vicios más arraigados de dos personajes característicos de una sociedad que cada vez se encontraba más frecuentemente, en las mismas casas y todos los días. También se puede disfrutar de una Sara García distanciada de su clásico rol matriarcal para interpretar el de la mujer que busca reivindicarse y posicionarse simultáneamente, con cinismo pero también con justicia. Cantinflas se presenta en el centro de un círculo de espectáculo que está en la misma ficción, y así el espectador adquiere una mirada superior en la que el público interno acompaña sus risas, como en un escenario circular y concéntrico. Por supuesto, como es indispensable en la comedia de enredos, el guion se caracteriza por una trama elucubrada y precisa, en la que es necesaria la simultaneidad y la sorpresa, en este caso con el énfasis en los diálogos, con espacio suficiente para la repentización de Cantinflas. En esta etapa, el icónico personaje de Mario Moreno se presentó como el representante extenso de un pueblo expresivo, inquieto, creativo, mordaz, siempre atento a la supervivencia. Esa distancia cada vez más consciente y visible entre la riqueza y la pobreza derivaba necesariamente en una integración que se fue haciendo cada vez más particular en las ciudades mexicanas, en relaciones de subordinación, pero también en una convivencia transparente. Los asuntos transversales de los intereses personales se expresan de fondo en las relaciones personales, y desde las calles hasta los tribunales, pasando por los salones de las mansiones y las cocinas de los criados, puede percibirse una esencia de viajero característica del mexicano, del arriero que resuelve cada día y avanza a la deriva en la búsqueda de un espacio, de una persona, de una vida.