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domingo, 1 de julio de 2018

La tenebrosidad acogedora de Pinocho y el legado diverso de Walt Disney

Disney encontró director para live-action de Pinocho | Cine PREMIERE

La animación de Walt Disney ha marcado de forma profunda los imaginarios de Occidente, para bien y para mal, durante casi un siglo. La poderosamente emotiva obra de Disney empezó a definirse con impresionantes cortometrajes que revolucionaron y casi definieron la animación y se consolidó con sus primeros largometrajes, que con el tiempo han logrado una posición de renombre en la historia del cine. Después de la impresionante Blancanieves y los Siete Enanos (1937), se embarcaron en el proyecto de Pinocho (1940), adaptando el clásico universal de la literatura infantil escrito por Carlo Collodi. Tras la experiencia de su primer largometraje, Walt, el conductor de este emporio, poco a poco fue reclutando a los más importantes animadores e ilustradores del mundo, entrenados con horas y horas de metraje hasta ese punto, auténticos genios de lo artesanal que caracterizaba a la animación en esos tiempos. ‘Pinocho’ cuenta la historia del pequeño muñeco de madera creado por el carpintero provinciano Geppetto, genio de las formas, los arabescos, los adornos, en relojes, cajas de música, instrumentos musicales y, por supuesto, marionetas. Con la necesidad de tener el hijo que nunca consiguió, centra todos sus deseos en una marioneta, y la providencia de la Estrella Azul, en forma de hada, hará realidad sus sueños.

La película cuenta con una amplia variedad de directores de diversos perfiles que indican cómo fue el proceso de producción. Se les encargaron diferentes secuencias que fueron unificadas por el criterio del mismísimo Walt, quien continuó con la línea especialmente melancólica y bucólica de Blancanieves. Sin embargo, aquí existe un misterio remanente que hace que la película sea toda una joya con el paso del tiempo. La oscuridad propia de los cuentos infantiles originales toma aún más espacio, no solamente en el aspecto visual, sino en el tema de fondo, en la situación por sí misma. Al mismo tiempo, la nostalgia de lo que ya casi ninguno vivimos resulta inevitable y documenta una época particular de la provincia europea vista por el lente de una industria cinematográfica estadounidense aún en ciernes para ese momento. Pinocho surge de la soledad de un anciano provinciano melancólico, apasionado casi hasta la locura por su trabajo, acompañado solo por sus mascotas. El destino se ensaña con este anciano y nos revela una situación eminentemente trágica, con trata de menores de fondo, con la desesperación propia de un hijo desaparecido. Por supuesto, la asunción de estos temas sirve también para ver nuestra propia época. La crueldad que avasalla al ingenuo y frágil Pinocho resulta incluso estremecedora para un espectador adulto en esta época. La luz juega un papel importante desde lo visual, retratando estas calles solitarias del pequeño poblado donde se dan los acontecimientos, iluminadas por faroles que pasan fácilmente de lo romántico a lo siniestro, en muchas ocasiones trayendo a la memoria los albores del Expresionismo Alemán.

Por supuesto, la dinámica es encantadora, con secuencias que cuentan historias pequeñas en cada acción, haciendo de cada acción un espectáculo, desde el pequeño gato Fígaro abriendo la ventana hasta la gigantesca ballena Monstruo, siempre con atención al detalle, con la tradicional música que reforzaba los incidentales y un sonido precisamente musical, como si el conjunto fuera en sí mismo uno de los relojes cucú de Geppetto. La fantasía tiene una función luminosa en todo el contexto del concepto mismo para la película y surge de forma extraordinaria en la oscuridad que pesa como nube negra sobre los personajes. Sumando todos los elementos, ‘Pinocho’ termina siendo un documento excepcional dentro y fuera del cine. Resulta ser el retrato de una época, el testimonio de una obra de arte conmovedora por su destreza, con la solidez que tiene la columna que sostiene todo un emporio. El tiempo le irá sumando interés y cualidades, irá revalidando su inmensa calidad.

viernes, 3 de noviembre de 2017

La trascendencia de ‘Coco’ y la percepción aguda de Lee Unkrich



Lee Unkrich se consagró como uno de los grandes nombres en Pixar, los ya históricos estudios de animación, después de encargarse de la dirección de Toy Story 3, uno de los títulos más importantes de la compañía, después de hacer una notable carrera en diversos departamentos en diversas producciones con este sello. Está acompañado por una figura latina, Adrián Molina, de origen mexicano, que también hace su correspondiente carrera, quien muy seguramente se encargó de acompañarlo en la codirección de su segunda largometraje ‘Coco’, dedicado especialmente a la cultura mexicana y específicamente al Día de Muertos. ‘Coco’ cuenta la historia de Miguel, un pequeño niño del ámbito rural mexicano que hace parte de una familia dedicada generación tras generación a la fabricación de zapatos y que ha cultivado un desprecio ancestral por la música debido a historias familiares en las cuales no tiene nada que ver. Gran admirador de Ernesto de la Cruz, la más grande leyenda de la música ranchera en este México ilustrado (claramente vinculado a Pedro Infante), Miguel ha desarrollado una pasión irrefrenable por la música y que lo enfrentará ineludiblemente a su familia. El punto álgido de la confrontación llegará precisamente con el tradicional Día de Muertos.

‘Coco’ es una de esas películas que se extiende más allá del simple margen de influencia que de entrada tiene cualquier película por sí misma. El desarrollo investigativo ha sido una parte fundamental del proceso y lo más emocionante es que todo se integra de forma natural y rápidamente se integra como parte del contexto. La película tiene una trascendencia especial, desde lo más simple hasta lo más complejo. Desde la vida hasta la muerte, nada más y nada menos. Algunas situaciones de dimensiones diversas y situadas en contextos casi opuestos tienen la virtud de conectar muy profundamente, involucrando la música, la existencia, la memoria. Todo ellos temas que se repiten con apariencias muy diversas en nuestra vida. Es la trascendencia del músico al pulsar las cuerdas de su guitarra y la del alma en pena que ha roto los hilos con la memoria del mundo. Todo lo involucrado en el escenario elaborado desde lo narrativo hasta lo espacial está determinado por elementos identificables en México. Todo se percibe casi inconscientemente por el espectador, desde las esquinas de los pueblos, las plazas, la comida, las flores, la raza, el biotipo, las palabras, los gestos, las ideas, las pasiones. Es probable que la identificación rigurosa no se dé por completo, pero la sensación siempre corresponde con la realidad de la experiencia. Esto habla de forma muy clara acerca de la aguda percepción de Lee Unkrich, quien muy acertadamente ha logrado integrar todo en un fondo inmejorable, expresivo, en donde incluso ha tenido la capacidad de imaginar sin salirse del margen de la verdad. La vinculación entre lo que podría considerarse aquel viejo México, el de las luminarias, la majestuosidad y el esplendor, y aquel México rural persistente, encantador, arraigado, que sobrevive en escenarios que a su vez incluyen múltiples herencias. La utilización de la luz tienes una trascendencia que toca niveles simbólicos evidentes, especialmente con el trasfondo profundo que tiene en el Día de Muertos la relación entre la luz y la sombra.

‘Coco’ es una película que virtuosamente ha conseguido hacer de la particularidad un asunto universal. La verticalidad y la horizontalidad en las relaciones se expresa de forma armónica, con tantos matices que deriva en una experiencia memorable para el espectador. La muerte como elemento que impulsa la vida. La vida que requiere de la muerte para suceder. El niño masculino Miguel y la anciana femenina Coco, ambos desde su más profunda mexicanidad universal, se requieren mutuamente, cruzando las generaciones, las décadas y las épocas, como si tomaran del otro un soplo de vida que tiene la capacidad incluso de abrirles la percepción, como si se tratara de un proceso espiritual y mágico, tradicional en México durante toda la historia.