jueves, 27 de agosto de 2026

El hombre nostálgico de Los años más bellos de una vida y la mujer melancólica de Claude Lelouch


Más de treinta años después de la segunda entrega de su trilogía de ‘Un hombre y una mujer’, Claude Lelouch cerró la saga con ‘Los años más bellos de una vida’ (2019), en donde trajo de vuelta a Jean-Louis Trintignant y a Anouk Aimèe para que, en la última o una de las últimas películas de su filmografía, encarnaran a Jean-Louis y a Anne, la pareja inmortal cuyo recuerdo mutuo cruzó las décadas sin que el amor se extinguiera nunca en el fondo de sus almas. El hijo de Jean-Louis fue a buscar a Anne para pedirle que regresara a ver a su padre, recluido en un asilo y ya limitado física y mentalmente, antes de que su vida se terminara. Anne accede aun con la sensibilidad profunda de un amor interminable para confrontarse con un hombre que ha sido parte de su vida siempre a pesar de que en los hechos los encuentros fueron en realidad fugaces, como se registra en las dos películas anteriores. Lelouch, sobre las espaldas cansadas de la nostalgia y la melancolía, en los terrenos de la vejez, vuelve la vista a su vida, a la vida, al pasado, al cine mismo. 

Ahora la mirada entre Jean-Louis y Anne es otra. Es la mirada de otro amor. Uno que es tan nuevo como antiguo. Una mirada que no necesita reconciliarse porque nunca se ha distanciado. Una mirada que reconoce un recuerdo imborrable en medio de una memoria cada vez más diluida. Y otra vez, Jean-Louis quiere escapar. Quiere subir de nuevo al automóvil, como en una escapada de Godard, para volver a ser libre, junto al amor de su vida. Como es constante en la trilogía, pero ahora más que nunca, Lelouch viaja por diferentes estados de percepción, sumergiéndonos hermosamente en la memoria, la fascinación y la ensoñación disruptiva de sus personajes, especialmente de Jean-Louis (con un Trintignant irresistible), que quiere asaltar las licorerías y que Anne asesine a los policías de tránsito que los detienen por circular demasiado lento en la carretera. Vuelven igual los días alucinantes y que inundan de lágrimas los ojos cuando en los sesenta en la juventud se amaban, se abrazaban, se recogían de los restos todavía dolidos de unos viudos demasiado jóvenes para ser viudos. Con la visión de esa playa transformada en escenario trascendente, místico, espiritual, persiguiendo a los hijos, al perro, deambulando en las horas previas al atardecer. 

Lelouch no solo traza una trilogía sino la historia del amor que es su propia historia, y también la de Jean-Louis y la de Anne, y la de Trintignant y la de Aimèe, y la de la la Nueva Ola Francesa y la del cine francés, y la del amor romántico, y también el de la compañía y el de lo imperecedero. Del amor que no necesita tiempo, que nunca lo necesitó, porque la intensidad fue la suficiente para marcarse de forme indeleble. Es un amor que no se extingue. Una emoción que no pasa jamás. Es una conquista absoluta del cine. Extensiva. Es una emoción que se puede sublimar en la capacidad de representar sentimientos transgeneracionales, que no se van a agotar nunca. Si es capaz de representar eso es capaz de representarlo todo. También, en lo específico, es una conquista de la trilogía, del tríptico en el cine, porque puede abarcar una historia que evidentemente necesita mucho más que una película, pero que puede caber sin duda alguna en el cine, y entonces resulta que todo cabe en el arte que conjuga el tiempo, el espacio y el movimiento. 


jueves, 20 de agosto de 2026

El hombre desenmascarado de ‘Un hombre y una mujer: 20 años después” y la mujer fatal de Claude Lelouch


En los años 80, ya con la Nueva Ola Francesa diluida hace unos cuantos años, los cineastas franceses recogían aquella herencia o ellos mismos exploran terrenos nuevos y mucho más personales que producto de una colectividad manifiesta. Por supuesto, Claude Lelouch, después de haber instalado en plenos años sesenta la primera entrega de la trilogía de ‘Un hombre y una mujer’ (1966), veinte años después reencontraba a Anne (Anouk Aimèe) y Jean-Louis (Jean-Louis Trintignant), la pareja de viudos que se enamoraron a través de sus hijos pequeños, se reencuentran para continuar la historia que ahora sabemos que quedó inconclusa. Anne es ahora no solamente una actriz sino además una consolidada productora de cine. Mientras tanto, él sigue siendo un piloto de carrera, pero además es el entrenador de otros pilotos más jóvenes, entre ellos su propio hijo. Anne considera aquella historia indeleble de veinte años atrás puede ser un sustento importante para la película que está filmando, que a su parecer está todavía bastante desabrida para los estándares del interés que podría generar en el público, así que se decide a contactar a Jean-Louis para contar con su anuencia para llevar la historia al cine. 

Lelouch abre tres frentes diferentes entre los cuales la película estará moviéndose constantemente. La realidad consciente del presente, en la cual se estarán encontrando los dos antiguos amantes, el de la ficción misma de la película, en la que se recrea la historia de veinte años atrás, y la memoria constante del pasado que se reaviva fácilmente después del reencuentro y se contrasta con los hechos que trae de nuevo la película misma. Lo que se devela dolorosamente por parte de Anne es que el amor para ella no ha terminado, y el distanciamiento fue especialmente doloroso, lo cual se combina por una alegría natural por el reencuentro. Mientras tanto, Jean-Louis está en una relación con una mujer mucho más joven de él, pero abiertamente se entrega a la infidelidad y el acceso a retomar la relación íntima con Anne. Esto lo convierte pronto en la víctima fatal del dolor profundo y los celos suicidas y homicidas de su pareja actual. La película que se filma recuerda ‘Los paraguas de Cherburgo’, de Jacques Demy y ‘Con M de Muerte’, de Alfred Hitchcock. En el trasfondo existe una referencia y una autorreferencia cinematográfica y después, con los diferentes escenarios dramáticos en los que se mueve la película, se genera un contexto que es eficiente en cuanto a construir el escenario de dos vidas que se reencuentran y descubren que están bastante distantes ahora de la realidad del otro, lo cual es doloroso, a pesar de la sensación afecto persistente. 

Tras la segunda entrega de la trilogía, Lelouch demuestra que el cine francés se había transformado radicalmente después de la etapa de la Nueva Ola Francesa tras las décadas de los años sesenta y setenta. La historia interrumpida a lo largo de los años, entre Anne y Jean-Louis, plantea también una realidad concreta sobre los efectos de la memoria en la vida transversal de las personas y sus vínculos, algo que es fácilmente rastreable en la experiencia relacional entre millones de seres humanos. La huella profunda en la sensibilidad y los efectos que produce la reactivación consciente de los vínculos que fueron especialmente sensibles en la vida de cada quien. Este es un aporte especialmente interesante en las capacidades del mismo cine para expresar fenómenos humanos que son concretos y 

jueves, 13 de agosto de 2026

El hombre solo de Claude Lelouch y la mujer herida de ‘Un hombre y una mujer’


Además de la legendaria saga de Antoine Doinel, de François Truffaut, otra historia que se plantó en medio de los prodigiosos años sesenta del cine francés fue la trilogía de ‘Un hombre y una mujer’, de Claude Lelouch. Se trata de la historia de un amor transformado pero inextinguible que atraviesa los años. Efectivamente suena a algo muy parecido a la afamada trilogía ‘Before’, del texano Richard Linklater, y no es casualidad porque es bien conocida la influencia del cine francés, especialmente el de este periodo, en el cine de Linklater. La trilogía de Lelouch empieza con ‘Un hombre y una mujer’ (1966), que cuenta el génesis de la extensa historia de amor entre Anne (Anouk Aimée) y Jean – Louis (Jean – Louis Trintignant), dos viudos recientes y aún jóvenes que se conocen recogiendo a sus respectivos hija e hijo de la escuela. Anne es una actriz que acaba de perder a su esposo en un accidente laboral: un doble de acción que no ha sobrevivido a una suerte especialmente riesgosa. Por su parte, Jean – Louis es un piloto de automovilismo que sobrevivió a un accidente en el que prácticamente se le dio por muerto, a diferencia de su esposa, que creyendo un hecho el peor desenlace posible, no pudo soportar el dolor y optó por el suicidio. Todavía con la herida abierta de un duelo intenso, Anne y Jean – Louis se encuentran para que el amor sirva de cura para la muerte que se ha asentado en su vida. 

Lelouch construye la película desde la naturaleza misma del pensamiento. De la percepción. Evidentemente, por el trauma fresco del duelo, los dos protagonistas constantemente viajan con su pensamiento a las memorias felices que se han tornado dolorosas en un lapso especialmente corto. Es la representación de un estado mental profundamente doloroso que contrasta con la curiosidad y la alegría espontánea de una nueva conexión amorosa. Asimilar el golpe brutal de dos muertes traumáticas que a los dos amantes de esta nueva historia los atraviesa de una forma especialmente dolorosa y que se hace convulsa en la combinación inevitable con un nuevo enamoramiento. Es decir, a medida que avanza una conexión que se expresa en la interacción más simple y natural, y también en las conversaciones que progresivamente se hacen más profundas. Por supuesto, el surgimiento del amor en este contexto todavía traumático genera toda una crisis ética y moral que atraviesa profundamente a los dos seres humanos que se encuentran. Como si fuera un azar incluso cruel que despierta un sentimiento amoroso sobre el terreno desolado del trauma y del duelo. Así es como Lelouch, entre el color, el blanco y negro puros y el sepia, representa esta transición entre el presente, el pasado doloroso y la embriaguez del enamoramiento. Además, este recurso no solamente funciona para expresar ese cambio en la sensibilidad, sino que además desestructura la narrativa misma para irnos revelando retrospectivamente la verdad que va emergiendo también para cada uno de estos amantes sobre sus nuevos compañeros. 

Lelouch instala en el romance como género la desestructura transversal de la Nueva Ola Francesa para pensar seriamente en una nueva perspectiva de los géneros mismos; en este caso, del romance. En su película, como lo será en toda la trilogía, el amor es trascendente y desde lo espiritual se presenta como un sentimiento profundo que transforma la vida de los seres humanos, incluso cuando están atravesados por una pérdida extremadamente dolorosa, la del ser más querido a manos de la muerte. El amor es aquí un bien supremo, y se presenta como un mecanismo de salvación que puede ser doloroso pero también trascendentemente reparador.