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martes, 30 de noviembre de 2021

La odisea sureña de ‘O Brother, Where Art Thou?’ y la escapada clásica de los hermanos Coen


Los hermanos Coen se destacaron inmediatamente en el contexto de aquel cine alternativo e independiente de los años ochenta que se enfrentó a la gran maquinaria de blockbusters que caracterizaba a Hollywood por ese entonces. Los Coen recogían una extensa tradición del cine estadounidense que exploraba a fondo los extensos territorios, alejados de las grandes capitales, para contar las historias de los outsiders que no se ajustaban al modelo salvajemente capitalista del momento, como una reconstrucción del legendario vaquero, envuelto en melancolía, que como Wayne, encarnando a Ethan Edwards, mientras se encaminaba a la inmensidad del desierto aislado de cualquier núcleo social que pudiera acogerlo. Para el año 2000, Ethan y Joel Coen habían puesto la bandera de su cine en el panorama del cine a nivel global. Ya habían marcado algunos clásicos como ‘Rasing Arizona’ (1987), ‘Barton Fink’ (1991), ‘Fargo’ (1996) y ‘The Big Lebowski’ (1998), en los cuales habían conseguido conseguido construir todo un mundo de comedia, fantasía y observación cultural sinceramente irresistible, con esos exquisitos condimentos de música tradicional y contravención permanente. Fue en ese año, con el inicio del siglo XXI, cuando se decidieron a construir una trilogía que fue llamada “Numbskull”, la trilogía de los cabeza huecas, en la que convertían en arquetipo su propio cowboy revisado. La primera entrega fue ‘O Brother Where Art Thou?’, nada más y nada menos que una adaptación de ‘La Odisea’ homérica en las profundidades sureñas de Estados Unidos, en donde Ulysses Everett (George Clooney), Pete Hogwallop (John Turturro) y Delmar O’Donnell (Tim Blake Nelson) escapan de los trabajos forzados carcelarios para ir en busca de un tesoro escondido que ha robado Everett enterró antes de ser apresados. 

Los Coen saben extraer con maestría la esencia profunda del viaje, incrustado casi genéticamente en la matriz de ‘La Odisea’, en la búsqueda de una redención transversal, que lo atraviesa todo. Los héroes no solamente escapan de la muerte, sino que también van en busca del amor en todas sus presentaciones, con la mirada perdida, envueltos en una comedia de trompicones, de la deriva, en la que van iluminando progresivamente la senda que van revelando con su propio paso. La fotografía de Roger Deakins nos envuelve cálidamente en una imagen congelada en el pasado, en el retrato que deja ver la naturaleza humana en los ojos de los retratados. La música de T Bone Burnett acierta en la integración profunda de lo raizal, en no quedarse en la superficie de la atmósfera emocional, sino de convertirse también en el sustrato cultural de la tierra, el agua y el barro que atraviesan los personajes, de la naturaleza del campesino blanco y del negro esclavizado. Los peligros propios de la aventura se convierten en el desglose propio de la segregación estructural del contexto, en la columna vertebral de la histórica degradación humana de aquel entonces. George Clooney, quien protagonizará toda la trilogía ‘Numbskull’, es el Ulises ateo que apenas escapa del encantamiento sobrenatural de los monstruos enmascarados que se cruzan en el camino, conservando la cabeza fresca sin dejar de tenerla hueca, con la torpeza suficiente para ser arrastrado por el escenario y para sortearlo con suficiente vida. Los rituales constantemente son el centro del mito y de la leyenda, incluida la música que libera, que entrega poder en la danza, en el canto, en los instrumentos que se rasgan con auténtico espíritu contestatario. No es casualidad que los Coen, faro de la tradición profunda del cine estadounidense más empeñado en la búsqueda de una identidad, se remonten a a la antigüedad misma de Occidente para tomar el cable vital que le da energía a su representación de la sociedad estadounidense iniciática en los albores del siglo veinte, culturalmente de imperio a imperio, atravesando los siglos.

viernes, 20 de octubre de 2017

La mirada prodigiosa de Béla Tarr y la integralidad de 'Armonías de Werckmeister'

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El húngaro Béla Tarr es una de las figuras más importantes del cine europeo en los últimos cuarenta años. Para muchos, es el heredero, al menos estilístico, del trascendental Andrei Tarkovsky. Una de las películas más importantes de Tarr se dio en los albores de este siglo y se titula 'Armonías de Werckmeister'. Después de conmocionar al mundo con la catedralicia 'Satantango' (1994), nuevamente le regaló al mundo una auténtica obra maestra, como lo es esta película, en donde codirige por primera vez con Ágnes Hranitzky, su esposa y además editora de la gran mayoría de su obra, desde los inicios. 'Armonías de Werckmeister' nos pone en la perspectiva de János (Lars Rudolph), un entrañable joven que vive en un pueblo cualquiera en las profundidades de Hungría, sumido en la niebla, la melancolía y la aridez. La transformación de los hábitos en este pueblo llega con una maravillosa presencia mágica: una ballena colosal, monstruo antediluviano, se instala en el centro de la plaza, como una atracción circense, encabezada por un enigmático personaje que es llamado “príncipe”. La desconfianza, la incomodidad y el recelo se apodera gradualmente de las emociones de los pobladores, excepto por János, quien se muestra particularmente seducido por la situación absolutamente extraordinaria en este contexto.

Esta película de Tarr tiene unos alcances que al mismo tiempo son cósmicos e introspectivos. Es astronómica hasta lo planetario y biológica hasta lo celular, de forma simultánea. Es una alegoría humana, política y existencial de un solo pincelazo proverbial. La mirada de Tarr (respaldada en este caso por la destreza técnica de Patrick de Ranter en control preciso de la luz y la cámara), resulta ser una de las más impactantes en la historia del cine, reforzada en este caso por la habilidad de Ágnes Hranitzky para la transformación de composiciones, para el montaje sobre el mismo plano, en secuencias sin corte realmente apasionantes en lo que se refiere a la construcción de su propio estilo y lenguaje. Para nosotros como espectadores, la experiencia es poética constantemente y podemos explorar los espacios que nos propone Tarr con tal elegancia y percepción que es como si nos uniéramos pacíficamente a una corriente que fluye de forma armónica, como precisamente lo anuncia el título de este filme. Tarr siempre ha estado especialmente interesado por la condición humana cuando queda expuesta a las transformaciones políticas violentas, desde revoluciones hasta dictaduras. Algo que claramente se dio de forma extendida en Europa Oriental, la región de origen natural de Béla Tarr, a finales de los años ochenta, en la transición hacia al capitalismo tras la decadencia y caída de la Unión Soviética. Estas conmociones internas han sido preciosamente retratadas por grandes cineastas como Tarr, aunque hayan sido constantemente olvidadas por la política real en cada escenario.

La ballena putrefacta está instalada en medio de la plaza histórica, pero la monstruosidad se reproduce a su alrededor. El miedo que deriva en violencia, la miseria latente que explota casi de forma delirante y por supuesto absurda, la supervivencia y el dolor intrínseco, todo esto brota como un virus, como una enfermedad. El animal gigantesco está en la plaza y es inamovible. Todas las disertaciones son estériles frente a esta presencia implacable. Todo puede relacionarse precisamente con los regímenes políticos más autoritarios o incluso con la condición humana misma. Hay una fuerza inexpugnable que siempre está presente. Una atadura de la cual es imposible librarse. Incluso el entusiasta János, con todo el brillo de cada una de sus acciones cotidianas y extraordinarias, es incapaz de aislarse del terror, de la necesidad de sobrevivir por encima de la existencia misma. La tristeza y la belleza en 'Armonías de Werckmeister' provienen de la misma fuente. Surgen de la conmovedora humanidad de un hombre joven, sensible, con capacidad de asombro y muy bueno. Cualidades insuficientes para un mundo hostil.